El vuelo de un ángel

Autor:

Alina Perera Robbio

Hasta el sol de hoy, he llorado dos veces cuando he leído un libro. Y de esas dos, una me sucedió con Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

Aquella tarde calurosa en que llegué a la última página, sentí eso que los estudiosos han denominado la emoción estética. Lloré sola, desconsoladamente, ante una belleza que me desbordaba y ante una lección humana que marcaría mi alma para siempre: la novela era, para mí, una advertencia sobre la inutilidad de la soberbia, y sobre el hermoso misterio que es la existencia misma.

Desde entonces sumé a mis sueños el anhelo de conocer personalmente al maravilloso escritor. Me imaginaba un diálogo tierno, donde no faltarían palabras suyas de las que ya no podría deshacerme como nostalgia, memoria, amor, soledad. Me figuraba un encuentro donde le daría las gracias por haber puesto sobre el papel, en nombre de tantos, los sentimientos que hemos anidado a lo largo del tiempo en este nuestro asombroso paso por el mundo. Le hubiera dado también las gracias porque, entre los hijos de América, hubiese un hijo como él, pues tal pertenencia era como sumar un atlante infalible a nuestra autoestima tan herida a lo largo de la historia.

A pesar de que el encuentro personal jamás se dio, me sucede con el Gabo como con el escritor argentino Julio Cortázar: los entiendo y disfruto plenamente, hablo de ellos como si fueran mis padres. No siento, cuando tengo ante mí alguna idea de ellos, que el tiempo o el espacio entrañen distancias: yo entiendo lo que el Gabo ha querido decir con eso de los amores que duran toda la vida, o con eso de que algunos puedan irse construyendo por el camino. Me seguiré deslumbrando, como en el primer instante, con ese su don maravilloso de contar una visita a una piedra de hielo como la experiencia más extraordinaria, al tiempo de narrar, como lo más natural, una levitación por tomar chocolate, o una partida definitiva al cielo y entre sábanas.

Seguiré reverenciando que haya puesto su descomunal talento, su arte de la palabra que parece sostenida por ángeles, en función del compromiso más profundo con Nuestra América, en función de causas hermosísimas entre las que ahora recuerdo la lucha por liberar a nuestro niño Elián.

Le quiero por su cariño a Fidel, por haberlo acompañado un día a Birán, en un viaje a delicados recuerdos familiares, en una expedición que el Gabo entendía perfectamente porque estaba signada por el amor y la nostalgia, por lo más apegado a las raíces.

Le quiero por su cariño hacia nosotros, porque me paso la vida diciendo que solo una mirada a lo García Márquez podría atrapar en algo todo lo vivido en la Isla en estos años de resistencia y de sucesos insólitos.

Me asombra, de corazón, que el Gabo se haya convertido en verso. Y solo me queda confesar, porque lo aprendí de sus certezas, que solo lamentaré de mi muerte que esta no sea por amor.

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