Pasos, ni pocos ni pequeños

Autor:

Alina Perera Robbio

No por gusto acostumbramos a decir que «el tiempo vuela». Lo afirmamos cuando al mirar atrás vemos el torrente de sucesos que se ha precipitado de cierta fecha hasta hoy. Lo digo ahora cuando reparo en que han transcurrido tres años de haberse celebrado, en el mes de abril, el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba.

Haber sido testigo de ese cónclave, en calidad de reportera, me dio la posibilidad de vivir los debates cuyas consecuencias llegan hasta el presente; y sirvió de punto de partida para más de un comentario en estas mismas páginas sobre algunas realidades que iban marcando el rumbo del país.

A raíz de la trascendental reunión de la militancia, había escrito: «Cuando leamos y estudiemos detenidamente cómo quedó el documento donde se recogen los Lineamientos tras meses de discusión popular, y después de las reflexiones en la magna cita partidista, tendremos noción exacta de cuánto ha mejorado su concepción; y podremos comparar la primera versión del proyecto con lo definitivamente aprobado, lo que permitirá apreciar el salto en las ideas.

«Es lúcido el arsenal de conceptos en tanto recoge el espíritu y el pensar de muchos. Y es también motivo de desvelo, ahora que nos tiene a todos meditando sobre cómo vamos a hacer para que poco a poco lo estampado sobre el papel se vaya convirtiendo en cuerpo, en realidad de la nación».

Al cabo de tres años, aunque alguien pueda decir que no lo percibe, Cuba no se ha estado quieta: basta revisar una lista de todo cuanto se ha ido haciendo para entender que los pasos no han sido pocos ni pequeños, y que han ido convirtiendo en diálogos comunes, de cubano a cubano, asuntos complicados, pero consustanciales a la vida de todos, como los modos de repartir y utilizar la tierra; de gestionar la propiedad; de desarrollar tanto el sector estatal como el no estatal de la economía sin perder de vista que la empresa estatal socialista es clave y que lograr su eficiencia gravitará sobre la eficiencia de la sociedad deseada; de redimensionar, en términos migratorios, nuestra relación con el mundo; de abrirnos con audacia a ese mundo para poder fortalecernos en lo económico, sin que ello implique hipotecar nuestra soberanía.

De muchos temas nos hemos dado a conversar con familiaridad e insistencia: de tributos; de precios; de costos; de salarios; de dualidades monetaria, cambiaria y de otras índoles; de pirámide social; de pago por resultados; de subsidios; de créditos bancarios; de abastecimiento; de calidad en los servicios; de desarrollo local; de demografía, de eficacia, de diálogo, de participación…

Todas esas son señales del movimiento. Y puede dar la impresión, si solo se mira a ciertos puntos de un complejísimo entramado que todavía sufre las ondas expansivas de la caída del Muro de Berlín, de que hay una parálisis o un retroceso sin remedio. Pero los cambios son tan a lo profundo, revisando lo estructural y lo funcional, tan serios en busca de un reacomodo de nuestra inmensa casa tan sufrida en todos estos años de desgaste y resistencia, que la cresta de los mismos, lo que influye directamente en la realización cotidiana, muchas veces no se atisba en el horizonte. Es que el ascenso verdadero suele ser más bien discreto, progresivo, a veces imperceptible, a diferencia de las caídas o las pérdidas que suelen ser sonadas y dolorosas.

Hablando de los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución, decía a poco tiempo de haber terminado el VI Congreso que en estos habita un espíritu, la política más elevada, el tono, una filosofía que es punto de partida para implementar las transformaciones; y añadía que mientras se colocan los rieles conceptuales, jurídicos, racionales sobre los cuales «correrán» los nuevos escenarios de la sociedad, el pensamiento de los protagonistas debe alistarse con agilidad, sin miedos, sin trampas del «sí, pero no» ante la necesidad del cambio.

Pensaba a poco de haber concluido el Congreso, y aún lo sostengo: Es ahí, en el pensar, en el concebir y en la voluntad, donde habitará la verdadera posibilidad de la transformación; es de esa casa de donde saldrá el germen que dará un sacudión a nuestro paisaje concreto, tan ávido de revoluciones, de amor, de seriedad (no en el sentido solemne, sino riguroso del término).

Esta dimensión, la subjetiva, ha de ser el desvelo permanente de todo buen cubano en medio de los cambios que vive la Isla. Como ya se ha dicho, lo que hay que salvar es el espíritu como premisa esencial para restaurar todo lo demás.

Y en ese punto definitorio —anhelando y buscando que las cosas funcionen, pero sin olvidarnos del alma— estamos. Se han alcanzado metas; y hay otras muchas, y grandes, que quedan pendientes sobre el camino. La esperanza es que el tiempo y todo lo que ha sucedido dentro de él nos mantiene en vilo, intentando el crecimiento. Cuba se mueve, y en eso andamos, tensos como se está en toda época fundacional, pues lo imperdonable, y lo sabemos, sería detenerse, lo lamentable sería que extraviáramos el paso.

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