El remedio de la ternura

Autor:

Alejandro Trujillo Valdés

Miro a Laura. Ya tiene dos años, ya dice mamá y hasta corre cuando llego a su casa. Es entonces que hago un zoom back en mi memoria y vuelvo a vivir a través de esas imágenes que son recuerdos, los momentos que forman la savia de nuestra existencia.

Regreso a esa noche del 17 de abril. El tiempo no parece avanzar. Tímidos se deslizan los minutos en aquel espacio reducido. El sonido del monitor marca el ritmo de la historia, reta al destino, le da voz a una vida y allí, mientras más agudo y desafiante se escucha, mientras cada quien ocupa su lugar, ese cacofónico eco es la señal de que todo marcha bien.

Siempre soñé con entrar a un quirófano; tal vez por el deseo frustrado de ser médico o por la adrenalina que despiertan esas intervenciones. Aún no lo sé. De repente me vi en aquel aséptico salón y nada menos que frente a una operación cesárea. Fue la noche en que nació Laura. Yo hacía un trabajo periodístico sobre mortalidad materno-infantil y, sin tiempo para pensar, ya estaba dentro.

Recuerdo la voz: «Este pinchacito te va arder para que el resto no te duela». Era Maykel Rodríguez, el anestesiólogo. Desde que entré al salón me llamó la atención su presencia, la ternura en el trato, el apoyo constante a la paciente. Nunca antes oí hablar del valor de un anestesiólogo en la mesa de operaciones y si lo escuché en algún momento, preferí olvidarlo.

Condenados prácticamente al silencio, a la espera del cirujano, sin la parafernalia de los artificios médicos que poseen otros especialistas, los anestesiólogos se enfrentan al desafío que impone el anonimato sin más derecho que la satisfacción personal.

La propia historia revela el rechazo a esta técnica ancestral, empleada en cirugías por civilizaciones antiguas. Sin embargo, esta especialidad no se estableció con firmeza hasta hace menos de seis décadas.

Durante la intervención, la mamá de Laura sufrió una hemorragia y la niña tenía tres vueltas del cordón umbilical en el cuello. Era un panorama impactante, y desde mi posición pude observar la entrega de aquel hombre por estabilizar a la paciente y que todo volviese a la normalidad. Desde allí sentí el amor tras cada inyección, tras cada gota que se desprendía del suero renovado con clorosodio.

Aquel 17 de abril, con el llanto de esa nueva vida, comprendí entonces que a veces lo más importante es lo que no ves; que ni el silencio, ni la ignorancia, ni las escasas huellas físicas que dejan podrán borrar jamás el andar de esos médicos que saben como ningún otro reducir a nada el dolor.

Hoy miro a la pequeña Laura. Ya tiene dos años, ya dice mamá y hasta corre cuando la visito. Y aunque ha pasado el tiempo, no puedo alejar de mi mente el recuerdo de aquella noche cuando, caprichosa, decidió nacer y con su impronta me regaló el motivo para apostar, porque detrás de las simples cosas se esconden los grandes hechos… Oigo su llanto, el sonido del monitor, recuerdo todo. Nadie me lo contó, yo estaba allí…

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