Juanito Van Van - Opinión

Juanito Van Van

Autor:

Juan Morales Agüero

Buena parte de los cubanos andamos por estos días como hundidos en la incredulidad y el desconcierto. «¿Que se murió Juan Formell? No, imposible. ¡Si a ese hombre no le dolían ni los callos!», preguntan y se responden en cualquier esquina, mercado, parada, oficina, discoteca, parque...

«¿Será verdad o se trata solo una bola?», me interpeló, alarmado, un vecino de edificio, vanvanero como yo. «Bueno, seguramente es verdad, porque lo están diciendo por la televisión y por la radio», le contesté. En mi fuero interno, también le confería al asunto el beneficio de la duda.

Pero nada, para morirse el único requisito sine qua non es estar vivo. Apenas eso. Y este  primero de mayo pulsó por última vez las cuerdas del contrabajo de la vida el músico cubano que más ha hecho mover con sus bailables los pies y las cinturas de sus cumbancheros compatriotas.

Nos tomó el pelo Juanito con su chirrín chirrán de despedida. Fue su postrera crónica, digo yo. ¿Le habrá dado tiempo para dejarla escrita en el pentagrama? ¿Alguien de su orquesta le hará el arreglo? Quién sabe... Aunque Formell nunca dejará de componer. Ni siquiera en otra dimensión.

Me convertí en su fan desde aquel mediodía de 1969, cuando el irrepetible animador Germán Pinelli lo presentó al público en un programa televisivo de la época, llamado En Vivo. Cuba andaba inmersa a la sazón en los preparativos de la Zafra de los Diez Millones, que comenzaría un año después.

Era común escuchar por todas partes y a toda hora, machaconamente, la consigna «¡Y de que van, van!», relativa a la certeza de que se producirían 10 millones de toneladas de azúcar. Y fue ese, precisamente, el nombre que Formell adoptó para bautizar a su flamante orquesta: Los Van Van.

El 4 de diciembre de ese año el grupo ofreció su concierto fundacional en una tarima de La Rampa, exactamente en la calle 23 entre O y P, en el mismo vórtice habanero. Centenares de personas disfrutaron de aquella primicia musical que haría historia por la naturaleza misma de sus intérpretes

En la propia etapa grabaron su primer disco, con aquel número eterno, La Bola de Humo, que, al decir del crítico Guille Villar, «muestra el deseo de plasmar en cada pieza el diálogo cotidiano propio del cubano de esa época». El simpático tema se convirtió enseguida en exitazo en la voz de Lele.

A partir de ahí, la orquesta impuso una manera singularísima de hacer música popular bailable y polarizó las simpatías de los bailadores con visos de monopolio. Todos los hit parade de la etapa incluían alguno de sus temas. Y eso a pesar de que los buenos grupos siempre le hicieron competencia.

De la mano de Formell, Los Van Van recorrieron la piel del planeta con su repertorio a flor de atriles. Tan grande fue su aceptación que ni los premios Grammy les resultaron esquivos. ¡Cuántos temas suyos me vienen al recuerdo! Por fortuna, guardo muchos en el disco duro de mi computadora.

En fin, se nos fue Juan Formell, pero, como suele suceder con los grandes —y disculpen el lugar común— lo sobrevive su música. ¡Con esa sí que no puede la pelona! Su obra no hará mutis, porque, aunque de él —y vaya con la paradoja— ya no le pertenece. Es patrimonio nacional y por eso perdurará.

La plantilla de Los Van Van tuvo muchos músicos estelares: Lele Rasalps, Armandito Cuervo, Israel Sardiñas, José Luis Quintana (Changuito), Lázaro Morúa, Pupi Pedroso, los dos Mayito, Angelito Bonne, Pedrito Calvo...

Pero ninguno como el bajista que la fundó y consagró. ¡Es que Formell era Los Van Van! Y ahora, ¿será que se acabó? ¿Continuará la orquesta siendo la misma? Ojalá que sí. Nadie es imprescindible, pero hay gente insustituible. Admitámoslo: sin Juan Formell, no, señor, la rumba no está completa.

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