Los nombres y sus secretos

Autor:

Iris Oropesa Mecías

¡Oh, la antroponimia!, minúscula pesadilla y hobby de las madres primerizas, breve oportunidad de convertirnos en pequeños creadores. Nuevo motivo de disputas con el esposo o la suegra: nombrar a nuestros futuros bebés.

En el acto de nominar, con todo lo que psicológica, cultural y hasta filosóficamente conlleva, se asumen actitudes lingüísticas muy interesantes. Según antropólogos, se tiende a elegir la referencia a elementos que funcionen como atributos positivos, como una especie de ritual que acerca al apelado a las propiedades positivas que su nombre-amuleto implica. Abundarán entonces los nombres parecidos a sus tiempos, a sus padres, a la serie televisiva de turno, a los dioses adorados en el panteón familiar, a las frustraciones de un progenitor, al libro que nos marcó en la adolescencia, o sabe Dios a cuántas cosas más.

Una cosa es cierta, y pocas veces se repara en ella: se sabe más de una cultura o de una comunidad lingüística por los nombres que da a sus hijos que por muchas otras actitudes. Así, nombrar las cosas, pero también a las personas, será un fiel testimonio de un momento histórico, de una etapa de la lengua.

En nuestro tiempo de colonia española, por ejemplo, los nombres de divinidades católicas inundaban los registros, evidenciando la primacía de una cultura «dominante» sobre otra «sometida», pues no era muy común hallar a personas llamadas Oshún, Osaín o Yemayá, mucho menos con algún nombre indígena. Sin embargo, llovían los Miguel y los Gabriel, o aquellos de origen grecolatino como las Minerva y los Narciso.

La resistencia, de cualquier modo, se evidenció no solo en hechos históricos y del arte, sino también en nombres que conjugaban los orígenes europeos con los elementos culturales de lo caribeño, lo africano o lo ya cubano. Así, no era extraño hallar más tarde y hasta los días de hoy a las sempiternas María de la Caridad, o las más actuales Yumisisleydis de la Caridad. En tiempos más cercanos, las influencias culturales de Norteamérica y, si se quiere ser un poco más analíticos, hasta la tendencia globalizadora y su consecuente deculturación, «florece» unas veces de modo más feliz que otras, en nombres como los españolizados o libremente versionados de Mélanis (así, con tilde, «i» latina y «s»), Mélodi, Katherine (con frecuencia mencionando la «e» final); Brian, usualmente modificado a Brayan —la nostalgia por los Backstreet Boys, por cierto, ha dejado unos cuantos Kevin y Brayan—; mientras el auge de una cultura protestante en el plano de lo religioso se evidencia, más allá de los estudios sociológicos de corrientes religiosas, en cientos de niños que hoy llevan nombres bíblicos como Elías, David o un jovencito que hace poco conociera —cargando, por cierto, un atlántico peso sobre sus espaldas—, al ser llamado Pablo Mateo.

Andando el tiempo, junto a bebés de piel tostada y ojos claros, llegarían también las Katiuska y los Alexander, para dejar recuerdo de las relaciones con la antigua Unión Soviética.

El experimentado lingüista cubano Sergio Valdés Bernal ha detectado en el Español de Cuba fuentes tan diversas como la árabe, la china, o la de origen indígena de las culturas prehispánicas de América en nuestro léxico en general, junto a otras más conocidas, así que no asombraría saber, a través de estudios rigurosos, académicamente pautados, de nombres que traen hasta nuestros días culturas aparentemente tan lejanas como las sajonas europeas —de ello parece dar fe mi amigo Rodian, orgulloso de la exclusividad de su nombre—, y tal vez no sería erróneo esperar con paciencia los efectos de la ola coreana más reciente de telenovelas… ¿Deberíamos esperar por bebitos llamados King Trae Soon?

Sería interesante pensar, de paso, en las diferencias de la antroponimia antes de la revolución tecnológica y comunicativa, cuando las culturas locales y nacionales eran más herméticas e identificables, y desde que el mundo es menos compartimentado y la aldea abre sus puertas al resto del planeta, a veces al precio de su propia tradición, todo lo cual queda registrado también allí, en los nombres.

También se deja evidencia en las tendencias antroponímicas de los niveles de educación e instrucción. No son poco conocidos los casos en que, por falta de información, se ha nombrado a los pequeños con nombres de marcas comerciales como Toyota, o con términos no conocidos de otras lenguas...

No sería posible abarcar de un vistazo cuanto nutre nuestra antroponimia y cuánto aporta ella a la vez, humilde receptáculo de culturas y experiencias. Nuestros descendientes, y nosotros en nuestro momento, llevamos la identidad cultural y las especificidades de nuestra historia personal, familiar, colectiva, como ciudadanos de este pedacito y del mundo, también en los nombres, granos de maíz en los que cabe todo un universo. Lección de humildad de la Lengua, sin embargo, no evidenciamos mucho por separado. ¡Ah!, pero cuánto dice de la cultura cubana hallar, en el cúmulo multicolor de miles de nombres, el mágico crisol de la antroponimia revelando nuestro camino individual y a la vez el trayecto común mucho más sutilmente que libros de historia o estudios antropológicos. Las pequeñas piezas de los nombres mostrarán el rompecabezas de nuestro carácter mestizo.

Y si dentro de miles de años en el futuro, alguna vida inteligente hallara, en una bitácora, el resto de la raza humana para reconstruir nuestra historia, estarían allí, entre los monumentos literarios y artísticos, entre el patrimonio objetual y las fórmulas einstenianas, con toda dignidad, un registro de nuestros nombres.

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