La injusta «justicia» norteamericana

Autor:

Juana Carrasco Martín

La condena es una demostración más de una justicia que castiga a quienes disienten de un sistema sin dudas desigual y clasista.

Ronald Zweibel, juez de la Corte Suprema de Manhattan, acaba de condenar a Cecily McMillan, una de las activistas del movimiento Ocupa Wall Street, a tres meses de cárcel, cinco años de libertad vigilada y la obligatoriedad de someterse a una evaluación psiquiátrica…

La castigan por «asaltar a un agente de policía» durante una de las manifestaciones anticapitalistas que en 2012 sacudieron a Nueva York. La acusación se basó en un video donde Cecily McMillna daba un codazo en la cara al agente que intentó detenerla durante la protesta del 18 de marzo de 2012. Ese día, tarde en la noche, aproximadamente 70 personas fueron detenidas, cuando el cuerpo represivo arremetió violentamente para despejar la concentración que estaba marcando seis meses del movimiento.

Cecily McMillan asegura que cuando ella intentaba abandonar el área fue sexualmente asaltada por el agente Grantley Bovell, pero es evidente que el juez no tomó en cuenta esta situación, como también ha hecho caso omiso a los reclamos de justicia y excarcelación —ella está en una celda de la prisión Rikers— hecha por varios concejales de la ciudad de Nueva York y una petición acompañada por más de 170 000 firmas, según el Huffington Post.

Entre los miembros del Consejo Municipal que reclaman está Ydanis Rodríguez, quien pidió al alcalde Bill de Blasco formar una comisión para que investigue la condena contra McMillan y otros manifestantes. «Estoy convencido de que no se ha hecho justicia», dijo este concejal que también fue retenido por la policía durante la protesta del 15 de noviembre  cerca de la plaza Zuccotti, donde acampaban los «ocupas» o «indignados» de la metrópoli que alberga las bolsas donde se negocian las riquezas del mundo.

Justicia para Cecily, un grupo de apoyo a la joven, apunta que Bovell empleó fuerza excesiva durante la detención, que la aprehendió por detrás, llevándola fuertemente agarrada por el pecho, y que «Cecily se sobresaltó y su brazo involuntariamente voló hacia atrás dándole a su agresor, quien de inmediato la arrojó al suelo, donde otros la patearon repetidamente y la golpearon en una cadena de ataques». McMillan tuvo que ser atendida también por estrés postraumático.

Sin embargo, es la joven y no el policía Bovell quien sale condenada.

Martin Stolar, quien actúa como abogado defensor de oficio, apelará la condena; y Cecily McMillan ha dejado claro en una declaración que ha resuelto mantenerse en la lucha fortalecida por las muestras de simpatía no solo en Estados Unidos, sino también llegadas desde otras partes del mundo: «Durante mis horas más débiles nunca me sentí más apoyada…», y cuando más oprimida se sintió «nunca me sentí más amada», dijo refiriéndose a ese apoyo solidario que agradeció al mismo tiempo.

El juez Zweibel ha tenido una conducta similar a no pocos casos en EE.UU.: excluir evidencias físicas claves, desconocer el pasado de conducta violenta del agente Bovell, y la violencia desplegada por la policía en los arrestos de aquella noche. No consideró relevantes estos hechos, a lo que el magistrado añadió otras parcialidades como negarle el derecho a la fianza y enviarla inmediatamente a la isla Rikers.

El patrón se repite contra quienes se enfrenten al Estado de las corporaciones, a los dueños de Wall Street, y por supuesto, a quienes imponen la ley y el orden por la fuerza, la policía de Nueva York. Así lo explica Justicia para Cecily.

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