Para preservar los horcones

Autor:

Juana Carrasco Martín

«Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece».

El apotegma martiano corre el velo de un reciente hecho acontecido en nuestra casa y en la habitación más importante de ella. Aquella que nos trae luz y enseñanza, que nos prepara para la vida. La que traza el camino para quienes lo transitan y para quienes lo continuarán.

Se trata de los horcones, que han de ser de la madera más dura y resistente, es decir, de una moral afianzada en principios de dignidad humana, llena de virtudes y exenta de los vicios crecidos en el individualismo de quienes pretenden llegar mediante el engaño, la mentira, el fraude, la simulación, la corrupción...

Hablamos de respeto a un pueblo, al que la educación hizo más libre, y es inaudito que algunos, no importa cuántos, ya sean un puñado o cientos, o más, intenten subvertirlo en su contenido moral, ético y sapiencial, para convertirlo de nuevo en esclavo de lo peor, de los vicios que creemos vencidos, pero que asoman una y otra vez si no los cortamos desde lo radical.

La filtración en La Habana del contenido de los exámenes de Matemática para el ingreso a la Educación Superior, su conocimiento y venta por parte de al menos tres profesores de la Enseñanza Preuniversitaria; de padres que fueron capaces de comprarlos para que sus hijos arrebataran con el engaño un conocimiento del cual carecen; incluso que estudiantes participaran también en su venta; el permitir por ese grupo que el lucro prevaleciera sobre lo maravilloso que es aprender, forma parte de este bochornoso e inmoral suceso, que habla de una indignidad pasada y no de una «patria y vivir nuevos».

Los hechos no fueron atajados a tiempo, es decir, antes de que se transitara por el mal camino en lo que respecta al examen de Matemática, y ahora deben aplicarse decisiones duras y justas, entre ellas repetir esa prueba.

Quienes han estudiado con ahínco, acumulado los conocimientos, y actuado con limpieza y transparencia, casi seguro volverán a aprobarla en buena lid. Quienes desaprobaron porque no aprovecharon durante el tiempo correspondiente las enseñanzas del profesorado, tendrán una nueva oportunidad, ellos fueron honestos. Quienes «pasaron» con trampa, tendrán la calificación que merecen, el suspenso y el repudio por tan vergonzosa conducta.

En cuanto se supieron las primeras y pocas denuncias, formuladas por una treintena de padres, y aún sin la certeza del posible alcance de lo ocurrido en Matemática, se tomó la decisión inmediata e inteligente de cambiar los exámenes de Historia y de Español, para impedir cualquier repetición de la artimaña.

Si triste, lamentable y condenable es la actitud de los profesores involucrados en este delito de fraude —los tres que se conocen están detenidos, y por ello tendrán la sanción que merecen, al igual que aquellos estudiantes que también lucraron vendiendo las pruebas—, resultan además penosas las permisivas familiares de ese grupo de padres que, a sabiendas de lo tramado, no denunciaron antes; de quienes ordenaron callar a sus hijos y con ello contribuyeron a su conformación torcida como aprovechados acomodaticios.

Las investigaciones sobre estos hechos, cuya naturaleza atenta contra el prestigio del sistema educacional cubano, siguen su curso, porque es importante desenmascarar a quienes no comprendieron que solo puede llamarse maestro quien sea un evangelio vivo; porque es imprescindible cortar esa cadena de inmoralidad y corrupción con la que se pretende ahogar los valores de un socialismo que seguiremos construyendo.

El mal debe extirparse y lo haremos entre todos, conscientes de que la inmensa mayoría de nuestros maestros, profesores, estudiantes y familiares, como asevera con toda razón la nota del Ministerio de Educación Superior y de la Comisión de Ingreso Nacional, defienden con honestidad el proceso de enseñar y educar en una Cuba apercibida, desde que tomó las riendas de su destino, de las dos épocas que Martí señalaba para los hombres políticos de estos tiempos: la del «derrumbe valeroso de lo innecesario», y la de «la elaboración paciente de la sociedad futura con los residuos del derrumbe», para que a Cuba y a nuestra América le sigan naciendo los hombres y mujeres reales.

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