Un paso previo

Autor:

Yuniel Labacena Romero

Todo comenzó con solo 16 años. Era apenas un adolescente y empezaba a vivir. Con esa edad muchos jóvenes nos inscribimos en el registro militar, y recibir el comprobante que lo acreditaba no fue solo el inicio de la preparación que nos permitiría en el futuro incorporarnos al Servicio Militar Activo (SMA), sino también la certeza de que ya éramos hombres.

Y ese primer paso sin dudas marca la llegada de la obligación, la necesidad y la grandeza… aunque el ingreso al SMA no ocurra hasta los 18 años cuando, luego del examen médico, recibimos la preparación básica del soldado, etapa conocida popularmente como la previa.

Se trata de un período que resulta inédito en nuestras vidas. Mis tíos, vecinos y amigos me lo describieron siempre como una de las «pruebas» más fuertes que debe pasar un joven, algo difícil de imaginar y a lo que —a juzgar por mitos, anécdotas, advertencias y consejos nacidos de la experiencia de generaciones anteriores— crees que no vas a acostumbrarte.

Los primeros días no tienen comparación con nada y todas las actividades parecen extrañas. Como rutina diaria me levantaba a las seis y comenzaba entonces la jornada. Primero, la gimnasia matutina, el aseo personal, la inspección al dormitorio, el desayuno, la formación de toda la tropa…

Luego, durante el día, sobrevenían los diversos entrenamientos militares, con intensas jornadas en que el sargento instructor explicaba los reglamentos y nos exigía cumplirlos: las clases de infantería, de táctica y de tiro… sin olvidar el desplazamiento sobre el terreno con el fusil AKM al hombro.

Con las noches llegaba el merecido descanso. Después del Noticiero quedaba algo de tiempo para compartir con los amigos, escuchar una que otra pieza musical, llamar a casa para que el «gorrión» no nos agarrara o recrearse con algún juego pasivo, y a las diez, la hora de dormir.

Así fue durante cinco semanas. Todo, en medio de voces de mando y un sinnúmero de misiones. Un cambio bastante fuerte, que nos obligaba a saber cómo comportarnos en cada momento y cómo dirigirnos a los superiores. Una singular escuela donde las letras y los números se transformaron mágicamente en fusiles, pozos de tiradores…

Y para quienes, como yo, cumplieron con la previa en medio de un caluroso verano, la etapa puede dejar más huellas. Son los momentos en que el uniforme verde olivo se pega al cuerpo por el sudor que provoca la fuerte preparación y añoramos otras ropas y estar en casa.

Correr y ejercitarse provocaban al inicio mucho dolor muscular. Tan dura preparación física no era fácil de enfrentar, mas valió la pena, pues cuando terminé era más fuerte y disciplinado al asumir las cosas. En un tiempo que podríamos definir como breve, me sentí incluso un poco más maduro.

Muchos convivimos por vez primera con normas rigurosas de conducta, en las cuales organización, responsabilidad, respeto y disciplina iban de la mano. Allí no estaban mamá o papá para «ayudar» a tendernos la cama, prepararnos el baño o la comida, y solo nosotros debimos asumir esas tareas.

No obstante, recibir la visita de nuestros padres y amigos cada domingo era algo fascinante, un gran apoyo. Esta «historia de verde» que define esa primera etapa del SMA, si bien es un período «espinoso», al parecer con los años ha borrado bastante aquellas anécdotas poco alegres o momentos duros que me contaron y a los que tanto temí.

Después de cinco semanas de arduo esfuerzo y de unos días de reposo, completamos la tarea convencidos de que no es solo una razón dictada por la ley: se trata también de una cuestión de principios, sacrificio y voluntad; un momento en el que aprendemos para defendernos militarmente, y esa es la mejor manera de prevenir la guerra.

Han pasado siete años de aquella etapa inicial de preparación, y tal parece que fue ayer cuando me alejaba del barrio, de la casa y de los amigos para adentrarme en la vida militar. Y, con los días, descubrí que yo tampoco, como le ocurre a tantos hombres —y mujeres—, podré olvidar ese camino por el que, al transitarlo, uno crece.

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