Enemigo al acecho

Autor:

Juan Morales Agüero

La primera vez que se llevó un cigarro a los labios, Julio César tenía apenas 11 años de edad. ¿Por qué lo hizo? Ni él mismo lo sabe ahora con 35 cumplidos. «Tal vez para imitar a mis amigos mayores —especula—. O para impresionar a las chicas». Lo que debutó como «gracia» devino tragedia.

Llegó a fumarse una cajetilla diaria. Su mamá se la compraba a cambio de que no faltara a la escuela. Pero eso a él le importaba un comino. Porque el aula y los libros nunca lo sedujeron. Se convirtió en un muchacho atado a una colilla. Su vida adquirió la simpleza de una etérea voluta de humo.

Una vez alguien se le aproximó con una tentación. «Tengo una cosa para ti —le susurró al oído—. Seguro que te gustará». Y le mostró algo parecido a un cigarro mal envuelto. «¡Fuma, fuma y ya verás!», lo animó, mientras le extendía la tosca breva recién encendida. Y él, fumador empedernido, fumó.

Años después, Julio César —abatido— le confesaría al médico que lo atendía por su maléfica adicción: «El cigarro me hizo drogadicto». El galeno lo puso al corriente de que el tabaco, el ron y el café integran la cofradía de las llamadas drogas porteras, porque son la antesala de vicios más nocivos.

Conoció detalles que lo dejaron de una pieza. Por ejemplo, que el vicioso del café corre tres veces más riesgos de convertirse en fumador que quien no se permite ni una tacita. Y que el fumador triplica las posibilidades de acercarse al café o al alcohol que quien detesta a uno y a otro. Y que todo eso junto propicia la iniciación en las drogas duras.

El médico le marcó un párrafo en una revista científica. Julio César leyó para sí: «Según la ONU, en 1909 había en el mundo unos 870 000 drogadictos. Hoy se calculan unos 240 millones, el cuatro por ciento de la población global. De esa cifra, 25 millones manifiestan dependencia. Los más afectados son jóvenes de entre 14 y 24 años. Cada 12 meses mueren en el planeta más de 200 000 personas por las drogas ilegales».

El doctor le indicó un párrafo con datos aún más escalofriantes: «Dos de cada diez fallecimientos en el mundo son provocados por el tabaco. La cifra total de muertes asciende cada año a seis millones de personas, incluyendo 600 000 fumadores pasivos que respiran humo ajeno. Nueve de cada diez casos de cáncer de pulmón obedecen a ese mismo motivo».

«El tabaquismo provoca más muertes que la acción combinada del sida, los accidentes de tránsito, las drogas ilegales, los crímenes y los suicidios», leyó en un subrayado de rojo. Y también: «Desde 1950 hasta el 2000, fue el culpable de la muerte de 60 millones de personas en países desarrollados, más que en todas las guerras juntas. Hoy, cada diez segundos muere alguno de los mil millones de fumadores del planeta. Cada fumador muerto, a su vez, es reemplazado por otro, que malversa siete minutos de vida por cada cigarrillo agotado».

Julio César se revolvió en el asiento y continuó la lectura:

«Un cigarrillo es portador de más de 4 000 productos químicos. De estos, 200 son tóxicos y 60 cancerígenos. El monóxido de carbono, por ejemplo, es el gas venenoso que expulsan los tubos de escape de los carros. La sangre lo asimila con más facilidad que el oxígeno. El cigarrillo contiene también amoníaco y arsénico, utilizados en la limpieza de baños y como veneno contra las ratas, respectivamente».

Lo que leyó acto seguido colmó su asombro: «En algunos lugares, la nicotina se utiliza para eliminar maleza de los campos. Este alcaloide produce más dependencia en el organismo que la heroína y la cocaína. Luego de aspirar una bocanada, puede llegar al cerebro en solo siete segundos».

El diario de Bartolomé de las Casas, el cura que acompañó a Cristóbal Colón en su primer viaje al Nuevo Mundo, asegura que en noviembre de 1492 los europeos vieron fumar por primera vez a una persona. Fue a orillas del río Caonao, cerca de Gibara, cuando Rodrigo de Jerez casi se infarta del susto al observar a un aborigen expulsando humo por la boca.

De entonces acá millones de millones de cigarrillos, amén de «suicidarse» en avenidas y ceniceros, han causado incendios forestales, agujereado ropa, agotado pulmones, enronquecido voces, causado mal aliento, manchado dientes, provocado divorcios, ahuyentado besos, engullido presupuestos y, lo peor, incinerado la existencia de sus obstinados devotos.

Desde que se leyó el artículo de la revista, Julio César decidió darles un plantón a las cajetillas.

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