Falsedad, mala hierba

Autor:

Alina Perera Robbio

Por estos días, con particular intensidad, hemos estado conversando entre cubanos sobre un tema difícil, que nos duele, y ante el cual ningún ciudadano decente ha mostrado indiferencia o aprobación. Me refiero al fraude en el ámbito de la docencia, asunto que desborda lo circunstancial, lo más recientemente acontecido, desborda incluso el propio universo de la enseñanza, para convertirse en motivo de reflexión sobre conductas que constituyen verdaderas amenazas para la salud de la sociedad.

Que se rompan las compuertas de lo confidencial y que se trafique con el «saber», ha escandalizado y ha hecho sentir vergüenza a muchos. Haber ventilado esa realidad públicamente nos ha hecho meditar, no por vez primera, sobre un monstruo de mil tentáculos que está casado con un montón de vicios y que, si crece, podría hipotecar el futuro del país. Muchos nos hemos preguntado qué profesionales podríamos tener mañana si la trampa de vender y comprar el formato de un examen se expande sin contención. Nos convertiríamos en una Isla de mujeres y hombres no aptos para desempeñarnos en cada espacio, aun cuando tuviésemos en nuestros haberes títulos académicos. ¿Cómo funcionaría eso, por ejemplo, con los médicos?

El monstruo de los mil tentáculos está casado con unos cuantos «ismos»: se alimentó un tiempo del promocionismo —esa mirada errática que estigmatizó a los maestros difíciles que sospechosamente tenían muchos alumnos desaprobados en los exámenes, una mirada que hacía hincapié en las estadísticas más que en la necesidad de una mejor pedagogía—; también el facilismo y el esquematismo han sido compañía y amenaza permanentes, y el pensamiento ha sido ejercitado muchas veces para memorizar esquemas efímeros y no para conectar ideas, para entender el mundo, para interpretarlo y hasta cambiarlo.

En la larga lista de raíces, el paternalismo hace lo suyo: el rigor muchas veces duele: le duele a directivos a quienes cuesta trabajo tener corazón para (no es tarea fácil, humanamente hablando) llamar a las deficiencias por sus nombres, y por sus responsables; nos duele a los padres, quienes llegamos a suplantar totalmente la ejecutoria del muchacho cuando debe entregar una tarea escolar «dura»; cuando nos avergonzamos de que el hijo entregue, para una asignatura manual, una maqueta fea pero hecha por él, y preferimos un teatro de maqueta perfecta, hecha por cualquiera menos por el aprendiz.

El voluntarismo hace lo suyo, diciendo que las cosas se harán sin primero medir, con ojo justo, las posibilidades que la realidad ofrece. Y es así como, hablando ahora de consecuencias, nos vamos dejando invadir por la falsedad como por la mala hierba.

En esta reflexión en voz alta no puede obviarse, hablando de «ismos», un mercantilismo que todo pretende corromperlo. Y daña tanto quien compra como quien vende riquezas intangibles, «ventajas» no negociables. Expresé hace unos años, en estas mismas páginas, que peligrosamente ha proliferado un tráfico frío en el cual son culpables quienes actúan como el oso en el circo (saltan por el aro si les dan el terrón de azúcar), y quienes dan por hecho que todo saldrá bien con el ábrete sésamo del «ayúdame que yo te ayudaré…». Estos últimos son muy peligrosos, humillantes a la dignidad humana, porque por lo general tienen dinerito y viven como el comején, corroyendo el esternón moral de la sociedad.

Ese afán de ponerle precio a todo asesta un golpe bajo a la virtud y a la verdad. Hay que resguardar a toda costa el derecho que tenemos de instruirnos o de mantener la salud. Hay que sacudir la conciencia colectiva, rebelarse ante quienes pretendan legitimar atajos dudosos, ante la certeza de que hay quienes han pretendido minar espacios vitales, horcones de nuestra justicia, universos adonde concurrimos todos, los más favorecidos económicamente, y también los más vulnerables, porque lo hacemos desde el mismo nivel y con el mismo lenguaje: el humano.

Al final, acostumbrarnos a convivir con el fraude nos convertiría en víctimas de un autoengaño generalizado. Estaríamos siempre atascados en la ineficiencia, en los atrezos, en lo endeble, en lo que no funciona, en la virosis del «tumba eso que es de cartón». Me atrevo a decir, a propósito de estos días incómodos en que nos tropezamos con un episodio de farsa (y su denuncia), que los únicos antídotos posibles están en la verdad, en la valentía y en el rigor. Por esos caminos vamos a seguir soñando en grande con un país que ha demostrado, por cierto, poder hacer grandes sueños.

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