Añorado encuentro

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Se pellizcan para comprobar si es cierto, pero todavía no se lo creen. Ya demasiadas trastadas les ha jugado ese tipo de «debilidad» humana, y no quieren «chivarse» el día poniéndose nudos en la garganta y removiendo viejos recuerdos. Entonces, los rostros se les amarran, y Bistra, Rada, Eli y Ani dejan de sonreír, como si se autorreprimieran por ese «sentimentalismo» de volver a soñar con que están en Cuba.

La certeza solo aparece cuando la pegajosa humedad les da de golpe y consiguen finalmente dar pasos firmes, traspasando las terribles barandas de la terminal 3 del Aeropuerto Internacional José Martí, empeñadas en hacernos sentir del lado de acá como unos intrusos, como menores, y también dispuestas a retardar el añorado abrazo.

Es increíble, pero el contacto provocó de inmediato la chispa que encendió nuestra memoria, adormecida por tantos años de física lejanía. Y enseguida yo estaba descendiendo con mis piernas «en llamas» del Pico Turquino, y Juana, mi madre, me esperaba en casa, mirando fijamente con sus ojazos el sobre inmaculado, que solo por respeto no abrió, a pesar de su desasosiego por saber si su hijo había conseguido la soñada carrera (era la época «loca» en que el orgullo familiar crecía con el aumento de profesionales en el hogar).

Y en la hoja estaba escrito en blanco y negro: «...ha sido seleccionado para estudiar Ingeniería Física Nuclear en la República Popular de Bulgaria». Recordé cómo se apoderó de mí cierta angustia, porque pensaba que jamás haría mío un idioma que me sonaba idéntico al ruso.

Adelantándome a los acontecimientos, ya había tenido una amarga experiencia, cuando me puse a estudiar aquel alfabeto de letras con complejo de musarañas, ideado por los hermanos Cirilo y Metodio, considerados inventores del abecedario eslavo más antiguo que se conoce.

Vencido por mi supuesta incapacidad para dominar dicha lengua, la había dejado definitivamente al término de una clase en la que no entendí «ni pío». Lógico: me pasé toda la noche como pescado en nevera, porque el libro, repleto de «jeroglíficos» para mí, estuvo todo el tiempo al revés.

Me preocupé por gusto, porque tras pasar la Facultad Preparatoria Hermanos País, hablaba tan fluidamente (gracias a la querida y esforzada profesora Zdravska Georguieva) que cualquiera me hubiera «confundido» con un «nativo», tal vez algo tostadito por una prolongada exposición al cubanísimo sol.

Me vi también haciendo el ridículo en un avión de «larga distancia», soplando durante todo el vuelo las molestas hierbas que no se asentaban ni por casualidad en el fondo de la taza, después de que se me ocurriera abrir la primera bolsita de té que descubrí en mi vida.

No olvido mi impresión ni la de Gladys, mi compinche de entonces, de una ciudad que nos recibió con su perenne olor a rosas. Tampoco el modo como nuestros compatriotas esperaban ansiosos la «carne fresca».

Entre ellos se hallaban Emilio, Evelio y Jorge, estos dos últimos, ya desde aquella época, con dotes para guías turísticos, y Victoria, arrogándose, ese mismo primer día que nos conocimos, el derecho de seleccionar la canción que todos teníamos que escuchar en el viejo tocadiscos. Ángel para un final, de Silvio, eligió, y la aprobación fue unánime, mientras se cocinaban los tostones de plátano macho que conseguimos «enmascarar» entre pantalones de corduroy y discos de música cubana.

Luego, yo me convertía en el primer negro del mundo que hacía su entrada triunfal en la antigua Facultad de Física de la prestigiosa Universidad de Sofía Kliment Ohridski; yo, como la típica mosca atrapada en un jarro de leche; yo, con esa costumbre de besar a todos, plantándoles mi bemba a las sorprendidas búlgaras, y ellas, como quienes no quieren la cosa, pasando sus dedos por mi piel, y mirando luego con disimulo para comprobar si se habían teñido sus pulcras yemas.

A la semana éramos uno solo, ya bailaba con destreza lo mismo casino que joró, y me abrieron de par en par las puertas. Allá me enseñaron no solo los secretos de la ciencia, sino, sobre todo, los del alma. Y lo más importante: se las arreglaron para llenarme de calor, incluso en medio del frío; me demostraron que aquella, sin tocororo y sin palmas, también era mi casa.

Solo no fue premonitoria la canción que a mi regreso a la Isla, en 1990, canté a diario: Pak shte se sreshnem sled deset godini... (Nos encontraremos nuevamente después de diez años...). Pasaron más, casi 25. Pero permanecieron intactos el amor, la amistad, y vivo por siempre el agradecimiento por ese sincero y cálido acompañamiento en la difícil tarea de aprender a crecer.

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