Anónimos

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Sin dar la cara, sin poner sobre la mesa la identidad, las delaciones desde incógnitas fuentes han servido a lo largo de la historia humana para revelar, ante las autoridades de un país o de una institución, los entresijos de mañosos y delincuenciales manejos subterráneos, que amenazan la estabilidad y el orden establecidos.

Mucho más en el mundo de hoy, pues con los poderes globales y supranacionales que se derraman impunemente sobre cualquier rincón del planeta, no hay sociedad que no haya considerado los S.O.S. susurrados desde cartas o llamadas telefónicas esquivas. Porque la «verdad verdadera» de los acontecimientos muchas veces anda oculta o transmutada.

Y ante la pandemia de violencia y crimen organizados, las mafiosas redes de la extorsión, el narcotráfico y el delito internacional que priman en el planeta, los indefensos padres de familia la piensan bien antes de «cantar» públicamente todo lo que ven y descubren, a veces sin pretenderlo, como aquel personaje de James Stewart en el filme La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock.

Aunque lo más honesto, valiente y confiable siempre será dar la cara con la denuncia, el temor a la represalia en determinados contextos escabrosos explica la recurrencia al anónimo. Y ello lo tienen en cuenta gobiernos, autoridades y directivos. ¿Qué poder público va a desechar la delación escondida que revele, por ejemplo, un sitio de corrupción de menores, o la pista que pueda conducir a unos asesinos?

La delación anónima no constituye prueba de delito. Es solo un alerta, que facilita iniciar un proceso de investigación sobre males que, por lo general, andan soterrados y horadando la seguridad y la paz de cualquier sociedad.

En Cuba también se tienen en cuenta los anónimos. Y con el incremento en las últimas décadas del delito económico y ciertas manifestaciones de corrupción —los solapados enemigos número uno de la Revolución hoy—, las autoridades y las instituciones fiscalizadoras y de control se sirven de esas informaciones sin rostro para posibles investigaciones, a sabiendas de que pueden ser útiles o no.

En tal sentido, acepto la validez del anónimo. Y reconozco el malévolo corolario de la represalia. Pero lo que sí repruebo es el uso y abuso desmesurado e irresponsable de esa insinuación furtiva en la vida pública para denigrar y destruir a personas con cargos o trabajadores de filas, y a instituciones y colectivos, cuando no existe el valor para plantear de frente y honestamente los criterios y verdades.

Es cierto que el anónimo aflora sobre todo en los ambientes coercitivos y autoritarios, donde la prevalencia absoluta de la voz de los mandatos no deja espacio para el sanador debate y el honesto ejercicio de la crítica y la autocrítica. Pero también los cobardes e insidiosos, los que revientan de envidias, pueden estar haciendo su agosto con sibilinas acusaciones, de la misma manera en que mancillan en los pasillos y de espaldas, y no tienen el valor de verter sus inconformidades con decencia y honor.

No abogo por el desentendimiento del anónimo cuando él puede abrir el camino de la prevalencia del bien sobre el mal en circunstancias muy escabrosas. Pero siempre preferiré, en los avatares contradictorios de la vida pública, alzar sobre la artimaña el juicio y el señalamiento limpios, la crítica constructiva, frente a frente y sosteniendo la mirada.

¿Vamos a legarles a nuestros hijos la astucia de injuriar desde el escondrijo? ¿Vamos a hacerle el juego a los autoritarios y escamoteadores de la democracia con papeles que no miran a los ojos? Lo primero es el coraje de decir las cosas. Y decirlas bien, como un acto de respeto y amor. Con rostro.

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