El mundo es un balón - Opinión

El mundo es un balón

Autor:

Juan Morales Agüero

El Campeonato Mundial de Fútbol está a punto de poner a rodar el balón. Si alguien ignora cuánto entraña tal suceso para millones de aficionados dispersos por toda la piel del planeta, le sugiero leer este texto que navega por Internet. Lo escribió para su esposa un futbolmaníaco anónimo y lo pegó luego en la puerta de la nevera. Ahora ella sabe qué le reservan las próximas jornadas:

«Durante todo el mes el televisor es mío. Si tienes que pasar frente a la pantalla, hazlo, pero agachada y sin distraer. Mientras esté viendo los juegos soy sordo y ciego para lo demás. Así que no esperes que te atienda, escuche, abra la puerta, busque el pan, coja el teléfono o auxilie al niño que se cayó por el balcón. Si me ves molesto porque mi equipo va perdiendo, evita decir que no es para tanto. Con eso me enojarás más. Las repeticiones de los goles me encantan y no me canso de verlas. No importa si me los sé de memoria. No me digas que si no me aburre ver lo mismo, porque no te haré el menor caso... Ah, y que a ninguna de tus amigas se le ocurra visitarnos en estos días. Y mucho menos casarse, porque a) no iré, b) no iré y c) no iré».

Ponderaciones humorísticas aparte, contextos similares matizarán la cotidianidad hogareña a partir del 12 de junio próximo. Y no es para menos. Se trata del evento deportivo más carismático de todos, capaz de convertir nuestro globo terráqueo en un virtual balón de fútbol suspendido graciosamente en la imaginaria cancha del espacio con sus cuadrículas de paralelos y meridianos.

Es que el fútbol genera tal magnetismo que ni los menos «ferrosos» evaden su atracción. Es un lugar común llamarlo el más universal de los deportes. Pero es así. Hoy las cuatro quintas partes de la población global lo tienen como su preferido. Y en la mayoría de las naciones es el deporte nacional. Lo practican lo mismo en el desierto con una vejiga de camello inflada, que en la selva con una fruta redonda a guisa de pelota. Sí, la bola del mundo parece un balón de fútbol. Y muchos pretenden patearla.

Ningún comentario sobre el tema me ha parecido tan interesante como el de Kofi Annan, ex secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Dijo para el periódico alemán Bild:

«El fútbol es uno de los pocos fenómenos mundiales comparables con la excepcionalidad de la ONU. Diría que es más que el mundo, porque, al fin y al cabo, la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) tiene 209 miembros y la ONU solo 193. Envidio a este deporte tan arraigado en la comunidad internacional».

Los cubanos, por una tradición que viaja a través de nuestro torrente sanguíneo, tenemos al béisbol instalado en el palco de los favoritos. Pero —les guste o no a algunos— el fútbol comienza a ganar terreno. Se percibe en todas partes y cada día son más quienes lo reverencian. ¿Desplazará algún día a su antagonista en la escala de simpatías? Nunca se sabe. Pero hay algo claro: ahora hay una oportunidad para cambiar de terreno y de traje por cuatro semanas. ¡Ya habrá tiempo para el béisbol!

Infinidad de compatriotas de todas las edades esperan ansiosos el pitazo inicial para echar raíces frente al televisor y disfrutar de un deporte bendecido por los dioses. Algunos tomarán vacaciones especialmente para el acontecimiento. Otros, los menos afortunados, tendrán que contentarse con las transmisiones diferidas, que tienen también su encanto cuando se neutraliza la tentación de conocer a priori el desenlace de los juegos.

Algo aconsejo: en materia de fútbol, no hay que subestimar a las mujeres. Ni ponerles cartelitos inútiles en la puerta del refrigerador. Muchas dejarán gustosas la telenovela para aplaudir un gol de Messi o una estirada de Casillas. Ah, y se pueden ver todos los partidos, pero nunca olvidar algunos «deberes».

Una apasionada brasileña, temerosa de que su marido la ignore durante el transcurso del campeonato mundial, adoptó sus previsiones y se tatuó los senos cual si fuesen dos balones de fútbol. Luego se escribió en el abdomen este mensaje admonitorio como una tarjeta amarilla: «Amor, no dejes de mirar para el banquillo».

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