Escribir con mal aliento

Autor:

Glenda Boza Ibarra

LA ansiedad por ver terminadas las fotos de los 15 de su única hija, esas a cuyo precio en CUC «escalaron» los ahorros de toda una vida, se convirtió en rabia e impotencia cuando dio la primera ojeada al libro.

Deseo escrito con «c» y «pasiar» —así, con «i»— fueron las primeras faltas de ortografía que advirtió y que le impidieron disfrutar de los bellos trajes y paisajes con que su Ángela posaba en cada imagen.

La adolescente ni siquiera notó los errores. Ensimismada y feliz de tener sus fotos a mano después de meses de espera, contaba las horas para enseñarlas a sus amigas. Mientras, sus padres pensaban: «¡Qué vergüenza! Más que admirarlas, se van a reír».

«¿Acaso alguno en ese negocio no se percató de las equivocaciones? ¿Tan mal estamos?», reflexionaron.

Desafortunadamente, abundan por doquier las escrituras con faltas de ortografía, esas que —como leí en algún lugar— son como hablar con mal aliento.

En el afán por eliminar esas equivocaciones se han adoptado medidas en el sistema educacional: desde aumentar a un punto el descuento por cada error ortográfico en exámenes o tareas (antes era solo 0,5 y en algunos casos ni se contaban); la impresión de libros, tabloides y folletos de la materia; la impartición de cursos sobre el tema por la televisión y hasta una prueba masiva a todos los que estaban por graduarse en la Universidad.

Mas el asunto de la ortografía, además de la imprescindible buena enseñanza en los primeros años escolares, depende mucho también del individuo, sus hábitos de lectura y hasta de concentración, pues en ocasiones la persona escribe las mismas palabras indistintamente bien o mal.

Influye asimismo la rectificación oportuna de quienes notan tal equivocación y no son capaces de corregirla a tiempo. Por eso puede encontrarse desde un próspero sin tilde en un cartel de una entidad, hasta promociones de cuentapropistas que, con tantas faltas, no llegarán muy lejos en su negocio.

Pero más triste aún es encontrarlas en algún programa o spot televisivo, en los volantes que se reparten para promocionar conciertos, en carteles informativos en las carreteras o anuncios de campañas de bien público de educación y salud.

Por raro que parezca, nos acostumbramos a vivir con las faltas de ortografía, que es como aceptar el mal gusto. Y a esa falencia hay que eliminarla aunque se resista.

Este tipo de error demerita incluso la propia formación, pues ¿cuántos profesionales universitarios no se han graduado con lagunas o, mejor dicho, con océanos ortográficos?

Cierto es también que las nuevas tecnologías y el uso de los celulares, chats y otros dispositivos han creado un nuevo lenguaje que economiza caracteres, tiempo, espacio,  dinero... Pero hasta ahí, porque a nadie se le ocurriría escribir de esa forma en pruebas, currículos o reportes.

¿Y qué decir de esos adolescentes que no saben escribir su propio nombre, o de quienes cometen errores al registrar a los recién nacidos y luego son culpables de años de trámites para subsanar errores?

Mientras, otros todavía no se enteran de que la Real Academia Española nunca ha establecido una norma que indique que las palabras mayúsculas no se tildan.

Nunca será bien recibida una carta de amor llena de faltas de ortografía, ni el informe de un ingeniero o licenciado con iguales fallos. Es casi imposible ser un erudito y conocer las más de 300 000 palabras del idioma español, pero siempre hay alguien cerca que pueda corregir o aclarar alguna duda o, de lo contrario, el diccionario nos espera.

¿Cuánta vergüenza y tristeza le hubieran ahorrado a Ángela si alguien hubiera notado la pifia en sus fotos de 15?

Ahora la jovencita quisiera arrancar de un tajo aquellas páginas cuyos errores empañan ese momento especial. Le avergüenza enseñarlas. Pero no hay más dinero para hacer unas nuevas y ni pensar en reclamarles a los «del negocio». Pobre quinceañera cuyas fotos, por vergüenza, no saldrán a pasear.

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