Ni verdugos ni vigoleros

Autor:

Julio César Hernández Perera

Es triste ser evocado por algo diferente de lo que realmente se hizo a lo largo de la vida. Así sucedió al francés Joseph-Ignace Guillotin cuando su apellido sirvió para inmortalizarlo con la designación dada a un «lúgubre artefacto»: la guillotina.

A este prestigioso médico le tocó vivir en un período convulso de la historia de Francia, a finales del siglo XVIII. Fue miembro de la Asamblea Constituyente y propuso en el año 1789 un cambio radical en el Código Penal, en el que, entre otras cosas, se opuso a la pena capital: como primer paso para alcanzar este propósito propuso el empleo de un método «menos doloroso» de ejecución.

Así surgió la guillotina, un artefacto que cortaba las cabezas de los condenados por medio de un mecanismo sencillo. El inventor de este fue el doctor Antoine Louis, un contemporáneo de Joseph-Ignace.

Guillotin aborrecía que se le asociara, por medio de su apellido, con la tenebrosa maquinaria. La ética y los valores de este doctor eran tan limpios que por esta razón se apartó de la política, se consagró por entero a la práctica de la Medicina e intentó persuadir a las autoridades para que corrigieran el errado nombre dado al artefacto.

Según se cuenta, ante el impedimento de cambiar la designación de guillotina, resolvió sustituir su apellido por otro.

El ejemplo sirve para resaltar hasta qué punto puede llegar el actuar de un médico cuando se trata de cumplir cabalmente con los nobles principios éticos que rigen en el ejercicio de su profesión. Probablemente el código más famoso de ética médica es el Juramento de Hipócrates, un precepto que a pesar de los años transcurridos aún es válido.

En este Juramento, por ejemplo, se recoge una frase que se contrapone a la participación médica en la pena capital:

«Daré un tratamiento para ayudar al enfermo de acuerdo con mi habilidad y criterio, pero nunca con la perspectiva de causar una lesión o mala acción. Ni administraré un veneno a alguien cuando se me pida, ni sugeriré tal curso».

En coherencia con uno de los pilares de la ética médica —primero no dañar—, este enunciado deja bien claro que la colaboración de los médicos en las ejecuciones, ya sea como verdugos o como vigoleros (ayudantes del verdugo en el tormento), se contradice con el mandato de su profesión. Todo ello por causar daños al promover la muerte, más que calmar el dolor y el sufrimiento.

Hemos presentado este tema después de advertir cómo en las últimas ediciones de prestigiosas revistas médicas se han levantado las voces de muchos miembros de la Asociación Médica Norteamericana (AMA, por sus siglas en inglés) contra la exigencia de las autoridades de diferentes estados de la nación norteña de dar participación a profesionales de la salud en la ejecución de condenas de muerte por inyección letal.

El tema ha sobresalido, además, a raíz de la malograda ejecución de un reo de 38 años de edad en la prisión estatal de McAlester, Oklahoma. La sentencia tuvo lugar el pasado 29 de abril y el inculpado murió por un ataque cardiaco después de 45 minutos de una agonía estampada por quejidos, sacudidas musculares y retortijones; todo esto, ulterior a la inyección del coctel mortal.

El principal pretexto que se enarbola por parte de los gobernantes para llevar a cabo la desleal acción «antimédica» es la falsa motivación por la compasión. Un enfoque miope que ve a los médicos como cómplices de una situación sobre la cual no tienen participación moral ni responsabilidad.

Como es de esperar, no es extraño este interés de las altas esferas de poder del imperio por apropiarse de la influencia y del conocimiento de los médicos en aras de alcanzar macabros propósitos: recordemos la intervención de galenos en torturas e interrogatorios llevados a cabo en la base naval de Guantánamo.

«El único modo de escapar del verdugo es someterse al de la honra», precisa un pensamiento martiano. Fue así como obró el doctor Guillotin, y de similar forma estamos confiados en que la comunidad médica norteamericana y mundial serán capaces de impugnar tanta afrenta; pues los médicos, por su naturaleza, no son ni serán jamás verdugos, ni vigoleros.

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