Juana «santa» - Opinión

Juana «santa»

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Hay que ver cómo se pone cuando, como quien no quiere las cosas, la llamo para decirle que pasaré por casa para darle un beso cálido, pero fugaz. Entonces, Juana, intuyendo que no le he dicho todo, me «come» a preguntas: «¿Y vienes solo?». «Bueno..., es que estamos en las Asambleas Provinciales de la AHS (Asociación Hermanos Saíz)... », le respondo entre dientes tratando de «protegerme». «A ver, José, ¿cuántos son?», insiste porque presiente que hay gato encerrado. «Es una guagua... pero pequeña...». «¿Cuántos, José? No me des más vueltas», y eso sale de su boca con una dulzura risueña que me acaricia, incluso, a través de la línea telefónica.

No dudo que abunden quienes piensen que le estoy inventando un personaje a mi madre, a esa «santa» que acaba de cumplir 70 años y a quien le he erigido un templo en mi corazón. Pero los que ya han tenido el privilegio de conocerla (muchísimos, por cierto) pueden dar fe de que no existe ni una sola ficción en lo que cuento de esa señora que es famosa hasta en Bulgaria, donde la llaman Januaria, por su semejanza con la robusta, simpática y servicial prieta de La esclava Isaura.

Aquellos que han logrado escuchar de cerca su sonrisa de afinada campana y que, con el estómago pegado al espinazo, dejaron atrás en el camino hacia Guantánamo un arroz blanco con la única gracia de una postura de gallina hervida, entienden como nadie lo que representan esos jugos preparados con las frutas del Paraíso que Juana ha cultivado en el fondo de una casa tan creadora como las sedes de la Asociación.

Saben a gloria la guanábana batida, el mango que está al alcance de la mano, las guayabas que contaminan el aire friísimo de la Yutong, la pulpa del tamarindo al que le saca hasta la vida, y su congrí mantecoso y desgranado, el tamal hecho a la carrera, y los pedazos de los pollos que ella cría con esmero, y que son los únicos que no quisieran tener noticias de ninguna de esas tropas de la AHS con complejo de huracán, que arrasan con todo lo que encuentran a su paso, incluyendo «las paticas, las plumitas y los piquitos» de los pobres animalitos.

Porque con la «sorpresiva» visita, hasta la canina cola del cansado Duque se desenfrena cual limpiaparabrisas ante abundante aguacero, acaso consciente de que con la llegada de los artísticos muchachos también hay más «cajita» para sus desgastados colmillos.

Uno no comprende dónde esconde ella el terrible dolor que le castiga las piernas, ni de dónde saca tantos trapos para secarse el sudor que la viste en esos instantes con blusas de rayas. Pero las fuerzas le alcanzan para preparar sus manjares en tiempo récord y salir hasta la puerta con un pomo de cinco litros lleno de jugo de tamarindo, «porque a los muchachos les gusta tanto...». Y yo, con los celos ya de guardia, le planto otro beso, y solo entonces me atrevo a susurrarle que habrá también terribles estragos a la vuelta.

La imagino después medio desmayada en su sillón con su perro practicándole quieros y extraños masajes, pero dichosa, sintiéndose también ella Miembro de Honor de una organización que siempre la premia con palabras agradecidas, dulces y sinceras, por tamaña entrega.

Y ella, predestinada a preocuparse por todo y por todos, deja de pensar, sin embargo, en cómo nos las arreglaremos en el resto del trayecto. Quizá porque tiene la certeza de que su acto de puro y desinteresado amor no es único, y de que en cada parada de la guagua habrá otros vigilando el camino: Inalvis, en Guantánamo; Caridad, en Santiago; Ileana y Joel, en Camagüey; Yohanis, en Ciego; Baby, en Sancti Spíritus; Nely y Eliot, en Villa Clara; Tere, Niurka, Anaisa, Inés, Nastia, Albertico... en La Habana... Todo ellos, como mi madre, «asociados» silenciosos que dominan el difícil arte de hacerse necesarios.

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