Nos y otros

Autor:

José Aurelio Paz

Quién tendrá mi rostro, mañana, cuando sea yo solo papel amarillento en los archivos, me pregunto, mientras ellos nos invaden a ratos en el año.

«¡Bichos raros como un día fui!», pienso, por transgresores, disidentes de lo viejo, alborotosos y turbulentos, de ojos asustadizos y alma hambrienta. Los veo entrar y siento miedo. Un miedo dulce que, lacerándome, renueva.

Traen en los ojos el mundo. Quieren devorarlo todo. Quieren devorarme, que sea yo pasto de sus sueños, polvo para aspirarlo al riesgo de morir envenenados.

Unos son tan agresivos como la gripe de estos meses húmedos, en el afán de engullirse el universo todo. Otros, parcos, silenciosos, dudan aún si han escogido bien el camino de ser virus. Algunos encienden, en esta esquina de mi vida, el farol que yace apagado por pereza, si son el reto, si me descubren lo ridículo de creernos eternos.

Los vemos como una epidemia necesaria que puede borrarnos de la tinta. El peligro que fuimos nosotros para aquellos que nos antecedieron, ahora se convierte en bumerán que regresa a guillotinarnos, dulce muerte esta que matándonos nos da vida.

Tratamos de taladrarlos, cual la gubia sobre el rudo tronco. Intentamos dar lija, barniz y esculpirlos a nuestra forma. Pero tiempo y viruta son otros, y han de ser ellos, solo ellos y ellos mismos, quienes se labren la veta en su madera.

Como perniciosos catadores queremos medir su nivel de alquimia para profesión tan bruja, a ver si lograrán ser vino o solo una vid estéril que se haga polvo ante el camino, y renuncie o pudra sus raíces para siempre, sin apenas haber dejado a la intemperie el más mínimo retoño.

Se instalan como un catarro necesario. Las redacciones tiemblan con ese alud de sangre joven, insolente, que contamina la rutina, por alborotador, y nos deja cual tullida célula ante el glóbulo rojo, perspicaz y quijotesco, en la convicción de que modificará con su alegría, inevitablemente, los niveles del colesterol de la palabra, la desidia instaurada en el poro, los desganos del pienso y no pienso, del digo y no digo.

Los miro y se me escapa: «Estos bichos bellos que tratan de chuparnos descaradamente sangre y savia, robada un día también por nosotros, no tienen la dimensión exacta de la miel que prueban, si debajo de la inigualable dulzura siempre habita un saborcito amargo».

Los veo venir y tiemblo. Me pondrán una vez más ante su espejo, conjuro particular de conjunciones y verbo virgen, descaro juvenil contra el temor que los asoma. Demolerán mi viejo discurso, como edificio ya inservible, con su grúa que, derrumbándome, me levantará el orgullo.

Cuando los veo entrar en la redacción, cada verano, cual manada de antílopes cerreros, no puedo más que rendirme ante los estudiantes de este oficio, que siendo el peor pagado del mundo, nos hace dueños de la palabra; célula regeneradora que salva al planeta del desamor, que abre puentes de diálogo y de pensamiento para que los barcos del afecto no se nos pierdan en el abismo de lo incierto y lo torpe, para que esta catedral que construimos siempre encuentre sus campanas.

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