Beijing, certezas y asombros

Autor:

Nyliam Vázquez García

XIAN, China.— La primera vez en Beijing, en julio de 2006, me asustó la niebla. Temí que la nostalgia por mi azul terminara ganando la partida a la distancia, dudé de mis fuerzas para vivir sin sol, al menos en los términos conocidos. Pero sobre todo, dudé que la capital china lograra conquistar mis afectos. Demasiado gris…

Los días, las semanas, los meses, se hicieron cargo de traer la paz. Seguía la añoranza, pero a mi alrededor todo cambiaba de color. Quizá cayeron todas las reservas la primera vez que salí sola y no necesité conocer los caracteres y tonos del idioma chino para lograr la comunicación. Entonces, quienes habitan la ciudad me regalaron sonrisas, me orientaron a puras señas y la palabra Cuba les iluminó el rostro. Supe en ese instante que Beijing me había vencido, porque una ciudad, un país, es esencialmente su gente.

Regreso, cinco años después, y el gris del recibimiento no me arranca una mueca. Las ganas de descender rápido del avión y de que ese sea el color del abrazo marcan los primeros minutos. ¿Qué será de los sitios que solía desandar? ¿Qué quedará de cuanto vi?

Mucho ha cambiado la ciudad, ha crecido, sigue expandiéndose, tanto que ya se construye el sexto anillo, y según se ve a lo lejos, a la que será la torre más alta del paisaje le quedan pocos pisos para quedar terminada; Beijing ha crecido tanto, que la nueva sede del Diario del Pueblo deja boquiabiertos a los más incrédulos…

A dondequiera que voltean mis ojos hay edificios nuevos, a cada segundo me descubro repitiendo, aunque nadie lo escuche: ¡Pero esto no estaba aquí!, el edificio Galaxy Soho, por ejemplo, muy cerca de la sede de la Cancillería china.

Beijing sigue siendo la ciudad de las grúas, como la bauticé hace años, y el país en general está lleno de estos equipos, como símbolo de crecimiento, de transformación constante.

Cuarenta y ocho horas es muy poco tiempo, pero la capital se me antoja cambiada y esencialmente igual, como si, más allá de turbulencias, los chinos tuvieran claro su rumbo y nada los fuera a apartar de su objetivo. Busco los sabores de antaño, saco las palabras chinas guardadas en el desván, escribo. Si bien no tengo la cara de asombro de mis colegas latinoamericanos, mucho sorprende lo conseguido por este pueblo en tan poco tiempo y también sus ganas de compartir.

Me arropo en los abrazos que no me podían faltar. Quiero pensar que la suerte de un día de sol en una ciudad coronada por la niebla, solo puede ser un buen augurio. Esta vez me han traído las excelentes relaciones chino-latinoamericanas y la próxima visita del presidente Xi Jinping a la región. No duermo, escribo.

Es cierto. No cargo cara de asombro, porque cuando se asiste a diario durante un tiempo al modo en que la gente trabaja duro para alcanzar sus sueños, entonces no sorprende que los consigan o que cada vez estén más cerca. Eso hacen los chinos.

Después de rascacielos, de rincones irreconocibles, de perderme en lo nuevo y reencontrarme con lo que una vez se convirtió en certeza, otra vez me quedo con la gente. Entonces son los seres humanos los que vencen todas las batallas, esos, los buenos, lo mismo en China que en el rincón más insospechado del planeta, quienes traen la paz y dejan la deliciosa sensación de orgullo. A 13 000 kilómetros de todo lo conocido no hace falta hablar una lengua entendible, solo tropezar con las esencias verdaderas de la raza.

No importa que un colega se pierda entre los miles de visitantes en la Ciudad Prohibida en pleno verano en Beijing, no importa que no tenga dinero o pasaporte. Un desconocido no solo hace de intérprete entre el taxista y el colega, en un inglés elemental y salvador, sino que se convierte sin saberlo en la certidumbre de mi reencuentro con la ciudad. Con un gesto, él y Beijing se elevan. «El hombre sacó 50 yuanes del bolsillo y se los dio al taxista para que me llevara», contó luego el amigo.

No hacen falta más palabras. ¿Quién dijo que el cielo está gris? Dejo atrás Beijing. En Xian, capital de la provincia de Shaanxi, con sus ocho millones de habitantes, me sumo a las caras asombradas de mis colegas. Estos rumbos también son mi primera vez. Intuyo que la tierra donde 13 de las antiguas dinastías chinas establecieron su centro de poder y de donde salieron 72 emperadores, más allá del breve tiempo, también dejará huellas. No puede ser de otra manera.

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