Alemania, el campeón indignado - Opinión

Alemania, el campeón indignado

Autor:

Enrique Milanés León

Estados Unidos le hace a Alemania, en política, lo que el equipo alemán le hiciera a Brasil en el Mundial de fútbol: el desfile de espías descubiertos apenas da tiempo para recuperarse del susto a la «portería» berlinesa y recuerda los cuatro goles que en seis minutos los hombres de Joachim Löw les marcaron a los del muy atribulado Felipao.

El asedio a Angela Merkel no dura solo 90 minutos y en las «gradas» el Parlamento, la oposición y la gente exigen que la Canciller Federal cambie el «juego» frente a Washington.

Enterarse de que un doble agente vendió unos 218 documentos en 25 000 euros tiene que haber molestado no solo por el acto en sí, sino porque cabría esperar que los secretos de potencia semejante cotizarían más alto. Sin embargo hay más: poco después atraparon a otro espía y los alemanes descubrieron que la comisión que investiga el alcance del fisgoneo de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos también ha estado bajo la lupa del inefable aliado.

El año pasado la Merkel y otros jefes de Estado descubrieron que el gran hermano de la otra orilla los vigila desde su atalaya. Hasta el 2009 la NSA tenía expedientes de 122 estadistas, entre ellos la Canciller, cuya «huella dactilar electrónica» ha estado en poder de los estadounidenses.

Angela protestó por el «pinchazo» a su móvil, y su amigo Barack se tomó meses para anunciarle, en enero de este año, que sus hombres no descolgarían el teléfono cuando ella hable. Sin embargo, las comunicaciones de la alemana están lejos de ser seguras.

El problema tiene larga data. El BND, Servicio Federal de Inteligencia germano, se inició con influencia de agentes norteamericanos después de la Segunda Guerra Mundial, en la parte de Alemania controlada en principio por Occidente. Todavía los yanquis lo proveen de ciertos fondos y tecnologías, lo cual permite inferir que busquen, a las buenas y a las no tanto, el mejor pago por la inversión: informes. Angela Merkel recordará que los espías no tienen amigos, sino objetivos, máxima que parece poner en aprietos al mismísimo Obama, a menudo rebasado, de veras o no, por la inconsulta gestión de sus agentes.

El asunto tendrá cola y tuvo cabeza: Alemania expulsó con delicadeza al jefe de la CIA en Berlín, pero en 1995 Francia había echado a otros cinco hombres de la «Central». Y Estados Unidos no puede negar que mantiene en cadena perpetua a Jonathan Pollard, norteamericano condenado en 1997 por espiar para Israel, otro amigo del cual nadie se puede fiar.

La oposición germana intentó llevar a Edward Snowden para que aclare tanto detalle oscuro, mas ese acto ofendería a Obama e implicaría asegurarle al ex analista  la no extradición a EEUU, lo cual muy pocos Gobiernos, casi ninguno como el ruso, se atreven a garantizar.

La Casa Blanca se ha otorgado a sí misma permiso para espiar a 193 países, incluida Alemania, así que los disgustos seguirán. Y Berlín no consigue de Washington la firma de un pacto de no espionaje que este solo mantiene con Londres y unos pocos países que funcionan bajo paraguas británico.

Tras el Mundial de fútbol, otra palabra —además de «campeones»— se escucha en todas partes: indignación. Pronunciada en su lengua, Entrüstung, uno se da cuenta de que va cargada de ira, pero compromisos son compromisos: mientras en el Gobierno se articula una indignación suave, en la calle el término suena pesado, cual metálica sinfonía.

No extrañaría que la copa futbolística llevara acoplados aparatos de la NSA. Y tal vez no sería descabellado que, para tratar sus asuntos, la Canciller Federal volara a Reino Unido y pidiera prestado el teléfono «seguro» de David Cameron.

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