De curitas y parches

Autor:

Mayra García Cardentey

Intente hacerlo y verá. Ponga en una herida resentida, con supuraciones y pequeñas emisiones de sangre, una vendita. Cuando usted la sospeche sanada, aunque no lo esté, retire la cinta de un tirón y diga si, con parte de la piel que no terminó de remediar y sale anexada al pegamento del vendaje, no ve, literalmente, las estrellas y se maldice a sí mismo por no haber ido al médico para realizarse una cura, necesaria y profunda, por mucho que duela.

Por momentos pareciera que algunos prefieren la «teoría de la curita»: solucionar el problema en el momento para evitar dilemas mayores, si bien después se desangre por la errónea decisión.

Hay innumerables ejemplos. Inversiones mal planificadas que finalizan con la terminación de obras de calidad cuestionable, aunque a los seis meses, cuando aparezca la primera gotera, muchos se pregunten adónde fueron a parar los materiales; presupuestos mal ejecutados que al no cumplirse se malgastan en cualquier trivialidad al final de año, para tener la misma cifra en el siguiente, aun cuando no se necesite o destine objetivamente; importaciones de insumos para concluir la fabricación de productos, porque existió una errónea estimación de lo que realmente podía aportar el país a la industria…

Algunos la denominan igualmente la «filosofía del parche», esa utilizada en situaciones en las que una vez determinado o denunciado el inconveniente se procede a su «rápida solución», sea por la vía que sea, para añadirlo a la lista de las «acciones cumplidas», incluso sin calcular con exactitud la vida útil de dichas medidas temporales y que al tiempo surge el mismo dilema en proporciones mayúsculas. «En definitiva, irá para el programa de “pendientes” de otro», pensarán algunos.

Se reproduce entonces la dinámica de las costureras de antaño, que remendaban y remendaban la ropa raída y desgastada, hasta el punto que resulta la «sábana» una multicolorida muestra de escasez de recursos, poca previsión, ineficiente planificación y facilismo.

Si bien la culpa —esa compañera ingrata que nadie desea como amiga— cobra porcentajes en una economía compleja que trata poco a poco de abrirse camino, también es cierto que más allá de la cuota que igualmente le toca al bloqueo, a veces faltan mentalidad proyectiva, aspiraciones a largo plazo y trabajo prospectivo.

Predomina el ahora, el resolver en este minuto, aun cuando se comprometan años. Y el zurcido de premura figura, por momentos, como la preferida de las respuestas: «saca aquí y pon allá», «mira a ver qué te sobra para colocarlo acá, que no me alcanzó el dinero», «dediquemos recursos a otra cosa, ya que en este recinto no se cumplirá porque no se planificaron los materiales necesarios», «no importa cómo sea, pero estas instalaciones hay que entregarlas en tiempo».

Es una cuestión de visión sistémica, más que de factores aislados. ¡Hace tanta falta! Cada cual ve «lo que le toca», la respuesta que «le corresponde», cómo revertir vertiginosamente las urgencias, sin prever una contestación conjunta, multifactorial y funcional. Señores, así no hay país que funcione.

Con lo que se tiene, aunque no resulte suficiente, a veces se puede hacer mucho si se piensa con profilaxis y medidas que traigan salud para el país, más que curitas temporales.

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