Un pitén diferente

Autor:

Eugenio Vicedo Tomey*

Nadie imaginaba la tragicomedia de que serían testigos. Como cualquier otra tarde, fueron llegando jugadores y curiosos al improvisado terreno de pelota del potrero de La Viuda. Según la costumbre, en lo que se acercaba el dilatado comienzo, se aprovechaba el tiempo remendando por enésima vez guantes y pelotas, con mayor o menor maña, en dependencia de la disponibilidad de algún rollito de teipe o de pita, y se iban calentando los brazos pasándose bolas entre dos o tres, a distancias cada vez mayores.

Cuando la magnitud del tumulto aconsejó iniciar el ritual de bate, moñito y patada, todos los aspirantes se agruparon alrededor de Muñecón y Maniche, los reconocidos líderes de esos pitenes: unos con la seguridad que les daban su corpulencia y habilidades, el resto no tan seguro de poder jugar esa tarde. Así se fueron pidiendo por turnos: «dame a Escopeta»; «dame a Chongolo»; «dame a Pipa»; «dame a Cafunga»; «dame al Bolo»; «dame a Trompeta»; «dame a Perico»; «dame a Ñáñara»; «dame a Tibor»; «dame a la Bestia»… Para esa altura, ya estaban garantizados los «pícheres», los «quéchers» y las bases, incluido el «siol», y en general los bateadores de fuerza.

En lo adelante se complicaba el «pley»: quedaban elegibles los malos, los que no aportaban equipamiento, y los más pequeños. Antes de cada elección, los capitanes titubeaban y lo pensaban cada vez más. Y la demora aumentaba, porque crecía la algarabía en el intento de no quedarse fuera: «¡aquí está el Pollo»; «¡pídeme, Muñecón, que yo las cojo todas!». Todos, o casi todos, algo decían, pues había una excepción notable: el Rubio. Era de los más nuevos en el potrero, pero no fallaba un día. Bajito, gordito, descalzo y sin camisa, con cara sucia de comedor de mangos, aparentaba menos edad de la que en realidad tenía. Nadie lo había escuchado jamás pronunciar palabra alguna hasta la tarde de autos. Se situaba entre los primeros en el molote a contemplar el lance, siempre en silencio. Nunca era seleccionado y, sin protestar, iba a sentarse a una piedra por la parte de primera base, solo, y allí permanecía hasta la conclusión del juego.

En medio de gritos, empujones y varios manotazos, se fue avanzando: «dame a Chiquitico»; «dame al hijo’e Tenaza»; «dame a Chinchila»; «dame a Vino Seco»; «dame a Mocho’e Lápi»… Solo faltaba Maniche por pedir un jugador. Negro corpulento, músculos como conejos, medio zambo y con corazón de niño, ojeaba con su eterna sonrisa al grupito sobrante y, decidido, exclamó a todo pulmón: «dame al Rubio», para cerrarle por esa tarde las posibilidades al resto. El elegido, con ojos de brilla brilla mirando agradecido a su protector, pareció levitar cuando este le colocó la manaza de boxeador en la cabeza y le dijo: «ve para el "ray fil", sin guante, y batea de último».

Entre roletazos, «flais» que le caían en la cabeza a los files y batazos que llegaban hasta el yerbazal del fondo, fue transcurriendo el partido. Aparecían alternativamente la desidia y el interés, al compás de los estímulos o los reproches. Y llegó el turno al bate del Rubio. Se frotó las manos con la tierra, se puso un remendado casco de color naranja que le quedaba grande y que nadie usaba, y se cuadró a batear, muy serio y concentrado en los movimientos del «pícher». Este, ablandado el corazón ante el novato, lanzó mansamente, y el Rubio aprovechó la circunstancia, hizo un «suin» y le salió un roletacito por tercera, cuyo jugador había bajado la guardia a tal punto que discutía con un trío que observaba el juego desde un carretón y le gritaba cosas al «pícher». Cuando vino a ver, tenía el «rolin» arriba de él, y después de dos o tres guantazos cogió la pelota, en el desespero lanzó sin control y la puso más allá de la piedra que estaba por la primera base, y el Rubio, ya corredor, se las arregló para anclar en segunda.

A continuación batearía Chongolo, el «quécher». De piel curtida, pies que apagaban cabos de cigarros sin enterarse, pelo rizado permanentemente envaselinado y torva mirada, con lenguaje y modales propios de alardosa marginalidad, no disimulaba su rivalidad con todos, jugando siempre con inusual concentración, y los demás, desafiantes, también le jugaban fuerte. Bateó una línea que picó entre left y center, cogida por escopeta al primer «baon», no sin esfuerzo. Mientras, el Rubio había salido para tercera y al llegar allí dobló en dos ruedas rumbo a la goma. El grito, salido del grupito del carretón, lo oyeron hasta los sordos: «¡Escopeta, tira a «joooon»!». El aludido, vanidoso, no lo pensó dos veces. Guajiro ya de espeso bigote, brazos torneados con afilada mocha cañera, botas del diez y medio, y dedos de ordeñador, lanzó sin medir el tiro ni acomodarse. Acertó en la cabeza del Rubio, ya a punto de anotar, y allí mismo este cayó, dio dos o tres vueltas y quedó boca arriba, muy pálido.

Afortunadamente, y eso se supo un rato después, el pelotazo fue más susto que otra cosa, mas en ese momento fue muy distinto: gritos como: «¡lo mataste, abusador!» y «le rajó la cabeza!», sazonaron la escena. Se paralizó el juego y hasta allí corrieron todos, Escopeta primero. Unos le abanicaban la cara con sus sombreros, dos o tres trajeron botellas de agua y le rociaban la cara sin parar, y la mayoría opinaba sobre lo que debía hacerse: «¡déjenlo que coja aire, caballeros!»; «llévenlo pa’ la sombra»; «busquen alcohol»… Nada de eso fue necesario. Antes de que alguien actuara, y para alivio de la concurrencia, el Rubio se reanimó, abrió los ojos y con sonrisa de ángel adornó su cara, intentando devolver la tranquilidad a toda esa tropa preocupada y que aún no se le pasaba el susto. Mas cuando descubrió entre los más cercanos a su involuntario agresor, adquirió la mayor de las seriedades, abrió bien los ojos y ofreció la oportunidad de que por primera vez se escuchara su voz cuando dijo: «¡Oye, la carrera vale!».

*Ganador del Premio Nacional de Crónicas Enrique Núñez Rodríguez 2014.

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