Del liderazgo carismático al mandato institucional

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Cuando tras una proclama al pueblo cubano Fidel renunció a sus responsabilidades políticas, gubernamentales, estatales y militares, y Raúl alertaba que el Comandante en Jefe de la Revolución era uno solo y que su prestigio y autoridad históricos podían ser reemplazados únicamente por el Partido Comunista, el proyecto socialista en el archipiélago se adentró en terreno desafiante.

La propuesta política que triunfó en enero de 1959 y que alcanzó su forma institucional con la Constitución de 1976, todavía tiene por delante la meta de sobreponerse a la dependencia histórica del liderazgo que caracterizó a modelos socialistas similares.

No puede desconocerse que el carisma y la empatía de Fidel fue determinante para que Cuba sorteara el colapso de los modelos socialistas europeo y soviético, como revelaron los resultados de una indagación de filósofos jóvenes tras ese derrumbe.

El Partido y sus nuevos conductores están apremiados a asumir, dentro del marco constitucional, los principios y prácticas políticas de empatía y cercanía con el pueblo legados por uno de los políticos humanistas más emblemáticos y sagaces del siglo XX.

No por casualidad algunos enemigos del proceso presentan a los cubanos como un pueblo «fanatizado». La manipulación incluso terminó por convertirse en táctica política de algún sector reaccionario dentro de Estados Unidos, para el cual la llamada «solución biológica» es la apuesta para el derrocamiento de la Revolución. Por esa razón la propaganda contrarrevolucionaria machaca sobre el supuesto carácter de «dictadura» del proceso político cubano.

Sin embargo, semejantes visiones colocan a los enemigos de la Revolución en un error de cálculo. Pese a las debilidades institucionales reconocidas que el sistema posee y que los reajustes estructurales actuales buscan corregir, incluida una posible reforma constitucional, la Revolución levantó un sólido sistema de instituciones, exitoso en no pocos aspectos —incluyendo el político—; de lo contrario no hubiera podido soportar el enfrentamiento a la mayor potencia mundial.

Por ello la presencia de Fidel en la sesión de clausura del VI Congreso del Partido alcanzó un simbolismo y connotación políticos que apuntan profundamente hacia el horizonte de la sociedad cubana. El 19 de abril de 2011 debe marcarse como el día cuando culminó el delicado interregno abierto tras la Proclama del líder revolucionario al pueblo de Cuba.

La decisión de los delegados al VI Congreso de elegir al frente del Partido a Raúl, y los pronunciamientos de este acerca de lo impostergable de iniciar la concienzuda preparación del relevo de la dirigencia política y estatal del país, situaron a Cuba y a su Revolución en un tiempo especial.

El pronunciamiento de Raúl sobre la pertinencia de limitar el tiempo de ejercicio en los cargos políticos y estatales a un período no mayor de dos mandatos —y su anuncio de que el presente es el último suyo— constituye uno de los más llamativos y de los que mayor influencia ejercerán en el devenir sociopolítico de este archipiélago en lo adelante.

Definitivamente, la Revolución Cubana está acercándose a uno de sus momentos más decisivos: demostrar que alcanzó madurez suficiente para sobrevivir a su liderazgo fundacional y que el orden constitucional que fundó —y que ahora actualiza— garantiza la irreversibilidad del socialismo como ideal resumen de los sueños de sucesivas generaciones de revolucionarios.

No fue casual que Raúl alertara, desde el balcón del Ayuntamiento santiaguero en el aniversario 55 de la Revolución, que las nuevas generaciones de dirigentes, que paulatina y ordenadamente van asumiendo las principales responsabilidades en la dirección de la nación, nunca podrán olvidar que esta es la Revolución Socialista de los humildes, por los humildes y para los humildes, premisa imprescindible y antídoto efectivo para no caer bajo el influjo de los cantos de sirena del enemigo, que no renunciará al objetivo de distanciarlas del pueblo, en el propósito de socavar su unidad con el Partido Comunista, «único heredero legítimo del legado y la autoridad del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana».

Desde el VI Congreso se lanzaba el mensaje de que en Cuba no debe haber ruptura, sino continuidad; no habrá rompimiento, sino respeto por la historia; no habrá desmantelamiento, sino rearticulación, a partir de la rectificación de los errores cometidos en el largo trayecto por buscar la justicia.

Para el intenso clamor que antecedió al evento de rearmar la Patria aspirada en la Constitución: con todos y para el bien de todos, no debería ser otro el camino. En esos pronunciamientos no solo quedó plasmada la satisfacción por la obra forjada por el socialismo durante su existencia, sino también la inconformidad con sus defectos, que aquí buscan enmendarse con los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución aprobados en el VI Congreso.

Con independencia de sus debilidades, el socialismo cubano tiene que demostrar que está institucionalmente preparado para ser dialéctica y potencialmente capaz de enfrentar sus contradicciones sin renunciar o sacrificar sus fundamentos.

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