Eso que llaman tutor

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Una criatura nos robó el sueño durante estos meses. Debimos hacerla nacer. Darle cuerpo, engordarla, que estuviera bien alimentada, nutrida, perfecta. Su ciclo de vida nos desveló: queríamos que fuera ideal. Mucho dependía de la exigencia de los padres o madres que nos acompañaron en la gestación. Porque en las manos de su sabiduría, junto a nuestro tesón, estaría el destino de tantos desvelos.

Porque hay dos tipologías o ciclos de desarrollo en que pueden desembocar estas crías. Algunas empiezan siendo gigantes (del tamaño de la idea que las genera) y terminan en una sombra de todo lo que se quiso crear. Otras evolucionan a la inversa. Nacen con timidez y recato y van agigantándose con el tiempo, hasta adueñarse de las horas que le corresponden y de las que se toman para sí sin pedir permiso. Todo está en los respiros de vida que les demos sus responsables.

Es entonces cuando estos señores o señoras —encargados de velar por las constantes vitales de esa pequeña llamada tesis— toman por un semestre el pulso de nuestras vidas. No contentos con supervisar lo que hacemos, nos sugieren más de lo que planificamos. Incluso, a veces reaccionamos con desespero creyendo que piden demasiado. Pero nunca son exagerados estos reclamos de genios que avizoran, más que nosotros mismos, de lo que podemos ser capaces.

Ya he dado a luz a mi creación. He pasado la última prueba de fuego de estos años de estudios. Y aún no sé si me gané «la estrellita». Ni si estarán satisfechos del fruto de tantos días y noches. Ni siquiera he logrado definir si fueron profesores o hermanos por estos días. Pero puedo asegurar a ciencia (o alma) cierta que nuestra relación fue especial.

Aunque moría de las ganas de que me acompañaran durante estos meses, no me atrevía a pedirlo. Es cuestión compleja «enredar» a alguien en semejante empeño. Pero la vida se encargó de colocarme esos nombres en las páginas de mi «bulto de hojas». Y no se trató de luchar por ellos, más bien, con ellos. Estaba predestinado que me acompañarían durante algunos meses (aunque pretendo quedármelos cerca para siempre).

Y sí que fue de insomnios «la batalla». Porque no eran solo míos. Debían repartir su día entre mil ocupaciones: exigencias del hogar, del trabajo, de la academia, incluso de otros que también contaron con el privilegio de escuchar sus consejos, sugerencias y hasta regaños (tiernos e imprescindibles). En mi Facultad algunos deben ostentar el récord de tutores con más tutoreados (sigue siendo un misterio cómo administraron el tiempo y hasta estuvieron presentes desde la distancia).

Las consultas —cual encuentro de maternidad que chequea las constantes del bebé— fueron la ocasión para dar cuerpo y ritmo a esa criatura difícil que se pretendía esconder entre dificultades y cansancios. Sin embargo, los afamados progenitores se encargaron de ganarse el título de casi responsables de ese cuerpecito que por fin aprendió a caminar solo y ya se ha convertido en un título.

Eso que llamamos tutor —parafraseando al inmenso Pablo Milanés— es una de las últimas bendiciones que nos regala la Universidad. Como en el tema trovadoresco, también sirve Para vivir. Y a vivir uno de los períodos más tormentosos nos acompañan siempre. No sé si me «gané la estrellita», repito. Pero ellos tienen garantizadas unas cuantas en mi firmamento. Gracias, si es que basta.

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