Mía ya tiene familia

Autor:

Marianela Martín González

Una perrita que vagaba por las calles como alma en pena, ante la indiferencia de unos y la conmiseración de otros, ya tiene una familia que, por el sentido posesivo de su amor, le ha puesto el nombre de Mía.

Yobelkys Gálvez y Alexis Castillo, jóvenes acaudalados en bondad, comparten con ella el reducido espacio que tienen para vivir. Antes de aceptarla, sopesaron los sacrificios que implica: alimentación y medicinas. Pero ningún cálculo pudo más que la compasión.

El último de los canes de esta pareja murió en diciembre pasado. Y habían jurado no aceptar ni un perro más, porque el dolor que se siente cuando mueren es comparable con el que se experimenta cuando fallece un familiar allegado.

La pareja se había deshecho de todo lo que les recordara al amigo inseparable, incluso de la casita que le construyeron. De esa manera creyeron alejar la tristeza que de vez en cuando les invade cuando un ladrido lejano surca el silencio de la noche.

Quien narra esta historia fue quien descubrió a Mía en la calle, solitaria e invadida de parásitos. Supe de su origen porque nunca «se resignó» a dejar el portal de su casa, a pesar de que la echaron al pavimento para que subsistiera con las migajas que alcanzara en los tachos de la basura y las sobras que alguien le regalara.

Mía tuvo dueña y una casa vistosa. Pero desde hacía más de dos años vivía en la terraza descampada de lo que fue su hogar. Su existencia se redujo a un ladrido, con la misión de cuidar el patrimonio de quien se marchó muy lejos, y había confiado su guarda a personas que terminaron echándola cuando enfermó y más precisaba de sus cuidados.

Su salvación la debe a esa pareja que hoy la protege y ha borrado las huellas de la desnutrición en su menudo cuerpo. Otros seres bondadosos, como Miguel Calvo, quien la libró de los parásitos sin pedir nada a cambio, también contribuyeron a la felicidad de esta guerrera que estuvo a punto de morir por las picadas de garrapatas y el hambre.

La familia Bueno, que siempre honra su apellido, también ayudó a librarla de la desolación. Cuando era arisca y no había cómo llamarla, la generosa Matilde y su madre la alimentaron y estuvieron pendientes de su destino.

Casi todos los días visito a esa criatura que por una semana me tuvo buscándole dueño, y casi termino asumiéndola, a pesar de que ya cuido a Romo, un Beagle que ha enriquecido mi vida desde que comparte el hogar conmigo y mi hijo.

Mía me recibe con reverencias, como agradeciendo lo poco que pude hacer para ponerla en buenas manos. Está tan bien cuidada que ya no quiere regresar conmigo. Su rostro tiene una prestancia que solo asoma cuando se es feliz. Y Alexis la califica como una excelente celadora que muestra sus mejores modales, porque «teme» volver a la calle como vagabunda.

En tiempos de crisis y demasiados problemas, los animales sufren mucho más en la cola de la vulnerabilidad. Algunos ciñen el bocado solo para los humanos, y se lo niegan a los perros. Llegan a calificarlos como un lujoso capricho, solo atendible por gente de «mucha plata».

Personas humildes, pero ricas en generosidad como Alexis y su esposa, desmienten ese supuesto. Para acoger al desamparado solo hace falta compasión. Infeliz de aquel que no sienta el dolor de los animales ni se conmueva ante esas criaturas.

Cuba precisa de leyes que condenen el maltrato y el abandono de los que, como nosotros, sienten y padecen; aunque no puedan expresarlo con palabras. Que me perdonen los perros, pero hay humanos que más bien «ladran» con el corazón hecho piedra, mientras Mía «habla» con cariño singular a sus dueños, meneando la cola de regocijo.

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