Gallego

Autor:

Enrique Milanés León

La Habana no es tan grande como la despintan. Ayer, al bajarme de un pe2 que olía así tan feo como se pronuncia, me encontré con mi amigo Gallego. ¿Imaginan que un guajiro colado tenga la suerte de topar, en el breve trayecto de la parada al trabajo, con un guajiro de tránsito? Los astrónomos dirían que en la guajilaxia eso es altamente improbable.

Pues a mí me pasó. Y después del abrazo, el galleguíbiri me contó el motivo de su periplo: iba a discutir, apenas un rato más tarde, su tesis de maestría. Por supuesto, enseguida cambié mis planes y giré con él rumbo a la facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.

El grupo era de lo más interesante: él, su novia, un Máster y dos doctoras por las que, a inicios de la mañana, todos preguntaban. Escuchando a la gente —«¿llegó la Doctora tal?», «¿usted sabe si la Doctora…?»— y mirando el amplio recibidor y los limpios cristales en marcos de aluminio, por un rato llegué a pensar que estaba en un policlínico y me iban a vacunar, pero no, mi fobia se desvaneció ante la certeza de que era, en efecto, una oficina universitaria.

Para acceder al lugar, una custodio viejita me anotó en una libreta llena de nombres:

—¿Usted se llama…?

—Enrique…

—¿Almirante…?

—No, juro que no soy ese. Yo soy Milanés. Mucho menos conocido.

—¡Ah… Milanés! —dijo sellando mi pase.

Allá adentro entendí mejor por qué tantas medidas de seguridad. A pesar de que los protagonistas eran cuatro y el público solo dos, la discusión fue de armas tomar. La Doctora 1 hizo una introducción profundísima y la Doctora 2 guardó sus agudos argumentos para después. Alguna de aquellas palabras con filo podía dejar heridos.

Gallego no quedó atrás. Había traído de Camagüey un amplio arsenal de argumentos que, poco a poco, fue abriendo la boca de los «entendiosos». En una esquina, yo estaba horrorizado de que una pregunta fuera a dar bajo mi silla y me quedara sin saber qué hacer con ella: no podría quemarla ni tirarla por la ventana porque la habitación estaba cerrada.

Estuve temeroso, pero orgullosísimo de que un buen amigo de mi llanura, que siempre he sabido no pierde tiempo para estudiar, hiciera decir a una de aquellas doctoras, muy reconocida en Cuba y más allá, que había aprendido de él y estaba feliz de que un alumno suyo se adentrara en cosas que ella no había visto. Evidentemente, nos hacen falta muchas doctoras así de raras.

De la tesis —y sé que Gallego será el primero en disculparme— yo entendí muy poco. Sin embargo estoy convencido de que el camino para mejorar todo lo que hacemos es combinar buena teoría con pesquisa honda y limpia práctica. Gallego es un peldaño, un eslabón valioso que habrá de subirse y bajarse; no importa que por momentos yo, que no he bebido tantos libros de Comunicación, sintiera que aquel cuarteto hablaba alemán.

Mi amigo José Raúl nada pronunció en gallego: aquella habanera mañana berlinesa, su alemán era espléndido.

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