¿Estar en Cuba?

Autor:

Osviel Castro Medel

Comencemos por la anécdota, nacida en una cola para obtener agua tratada.

El hombre andaba en carro (una camioneta moderna) y con numerosos recipientes, algunos de los cuales se dio el lujo de fregar antes de colocarlos en la manguera colectiva.

Ya casi había terminado su larga faena de llenado cuando llegó, fresco y sabroso, un «socio» del barrio. Este vino con un: «Hermano, ¿vas pa’llá?»

«Sí, dale, dame los tanques», respondió el llenador, quien al parecer le vio cara de pomo a los demás. Pero alguien de la cola reclamó: «Compadre, ¿y eso es así? ¿No hay respeto para nosotros?».

A esto, el interpelado, con pose de Director Provincial de Recipientes y Líquidos Preciados, replicó: «Claro que es así. Él es una gente correcta... trabajadora y se los lleno cuantas veces me dé la gana».

El reclamante trató de abrir la boca, mas el envasador le fue encima a empaparlo con gestos y palabras de guapería. Afortunadamente, una señora mayor, en apariencias su madre, lo contuvo y el agua no llegó al río, aunque sí a los tanques del sujeto colado.

«Déjalo, déjalo ya», dijo ella. Y soltó una frase llamativa frente al reclamador: «Estamos en Cuba, señores, déjense de tanta cosa».

No contemos el debate que se generó a espaldas del rey Llenador I. A fin de cuentas, solo uno de los buscadores de H2O exigió un mínimo de consideración.

Por encima de lo anecdótico pido que nos detengamos en dos frases del episodio que, con otros matices, se ha repetido en diversas circunstancias y cuya esencia radica en el acto de pasarles por encima a los semejantes.

Se puede ser, tal vez, una «gente correcta» en los rigores del trabajo, pero totalmente incorrecta en diversos surcos del campo social o de la vida pública. Lo peor es que la «corrección», como en este caso, llegue a emplearse como credencial de privilegio, mayorazgo o inmunidad.

¿Y qué decir de ese «estamos en Cuba»? Ya tintinea con demasiada frecuencia en los oídos, como pretexto supremo —y a la vez ridículo— para justificar absurdos, barbaridades, desvaríos e irracionalidades.

Esa frase-escudo se esgrime no solo defendiendo a un colado de ocasión: también para amparar a la burocracia, el arribismo, la mediocridad, la «lucha», el peloteo, el irrespeto, la indisciplina y otros males mayores con los que chocamos a menudo y que no caben en la ética verdaderamente revolucionaria.

«Estar en Cuba» debería suponer, como frase y como concepto, la edificación hasta lo infinito de lo positivo, subir los termómetros de la fraternidad, colorear de verde la convivencia, combatir toda la fealdad que se asome en el paisaje del diarismo.

¿Por «estar en Cuba» puedo aplastar a un semejante, reírme de un coterráneo, practicar el «mete-pie» con frecuencia, arrasar con modales, respaldar la ofensa como filosofía de la vida? ¿Puedo bendecir la guapería, glorificar a los «correctos» incorrectos, ensalzar a monarcas que se autoproclaman en las calles o en oficinas encristaladas?

Adivino la respuesta mayoritaria. Sin embargo, es triste saber que algunos —no pocos— piensen que sí. Y que, en el fragor de la batalla, intenten cansarte, disminuirte o vencerte con un «déjate de tanta cosa».

Al final, la ruta nuestra ha de ser la del no-cansancio. La de no dejar pasar ninguna «cosa», grande o pequeña, que desflore a Cuba; esa misma es en la que hoy estamos.

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