Leyenda viva

Autor:

Yuniel Labacena Romero

Corren tiempos extraños y hermosos. La efervescencia estremece el alma de un pueblo. Cuba está inmersa en una compleja dinámica de cambios. Apenas 20 meses han acontecido del triunfo de 1959. Es 23 de agosto de 1960, y las distintas organizaciones femeninas están dispuestas a unirse en una sólida fuerza para expresar su respaldo al proceso revolucionario.

Una multitudinaria concentración de cubanas se encuentra en el teatro Lázaro Peña de la Central de Trabajadores de Cuba, entre ellas la heroína de la clandestinidad y combatiente del Ejército Rebelde, Vilma Espín Guillois. Las miradas alegres, las sonrisas y el saludo cordial, colman el lugar.

Mujeres de todas las edades y sectores escuchan atentas a Fidel, quien se refiere a la nueva etapa de lucha y asegura que «¡la Revolución cuenta con la mujer cubana!». Una fuerte ovación desborda el teatro.

Después de intensas jornadas, las organizaciones femeninas se fusionan para dejar constituida la Federación de Mujeres Cubanas (FMC).

La lúcida orientación y la visión de Fidel, unidas a la energía y exquisita humildad de Vilma, hacen posible este sueño. Mediante votación unánime y aplausos, las delegadas la seleccionan su Presidenta, cargo elegido y ratificado en cada uno de los congresos de la organización, desde el primero, en 1962, hasta el VII, en el año 2000.

Ardua y apretada sería desde aquel momento la encomienda de enfrentar y erradicar prejuicios, marginaciones y tabúes de un pasado que humillaba a la mujer.

Propiciar la superación educacional, ideológica y cultural serían las metas iniciales. Con la iniciativa llegan a La Habana mujeres campesinas de la Sierra Maestra y otros parajes, quienes reciben clases de corte y costura. Es el comienzo de un camino que ha llevado a las féminas a la participación en la vida económica, social y cultural del país.

Los ojos asombrados de aquellas 17 000 cubanas que inicialmente integraron la FMC prefiguraban hazañas, otra vida y trabajo. Los cambios sociales en el país durante la segunda mitad del siglo XX las pusieron en el centro de una dinámica considerada como una «Revolución dentro de la Revolución».

Cincuenta y cuatro años han transcurrido, y las mujeres, agrupadas en la Federación, siguen cumpliendo tareas que abrieron los caminos para ocupar un lugar protagónico, como la Campaña de Alfabetización, la creación de los Círculos Infantiles, el respaldo a las campañas masivas de vacunación, la participación en jornadas de trabajo voluntario, la integración a la defensa y a los programas de prevención y atención social.

Ellas son exponente del hecho histórico que vivimos cada día. Es lógico que sus triunfos sean los nuestros, que vibremos orgullosos con ellas y que desde nuestros corazones las veamos como deportistas, científicas, educadoras, o en la defensa y la producción de alimentos, y como representantes de un proyecto rico en amor y pleno en humanismo, que ofrece condiciones de igualdad… y en el cual solo la capacidad y el talento específico determinan su lugar en la sociedad.

Desde las aulas, talleres, oficinas, faenas agrícolas, centros de salud, unidades militares, como internacionalistas o amas de casa, ellas le imprimen coraje a la Federación, sin dejar a un lado su condición de madre, novia, esposa, compañera.

Los métodos de trabajo, principios y aspiraciones de Vilma continúan marcando el camino de las cubanas y de la organización como elemento indispensable de la edificación de la nueva sociedad.

Los logros de esta tropa salieron de la fuerza, la audacia, el carácter y la osadía que las llevó a arrostrar toda suerte de avatares para conquistar su verdadera emancipación. Guiadas por el fervor revolucionario, la creatividad y la solidaridad lucharon por sus sueños, rebasaron el límite del tiempo y han dejado un sello distintivo en Cuba a más de medio siglo de aquel 23 de agosto.

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