Un archipiélago sobre mis hombros

Autor:

Fernando Martínez Martí

Conformar una mochila no siempre implica realizar un viaje. En ocasiones, se trata de una travesía a lo interno de uno mismo, a las raíces que sustentan nuestra vida. Quise responder al ejercicio que convocó el Movimiento Juvenil Martiano, para saber qué guardaría de Cuba en mi mochila, una pregunta sencilla con respuestas muy complejas.

Entre riquezas materiales y espirituales que conforman esta nación, comenzaría por la fe de los cubanos en salir adelante, a pesar de las dificultades. Me llevaría la Virgen de la Caridad, no por devoción religiosa, sino como muestra de respeto por mi identidad y síntesis de esa fe diversa que va con todos.

Me llevaría el Zunzún, pero no el ZunZuneo; me llevaría el pensamiento martiano, como guía permanente por si un día «las alas se vuelven herrajes», al decir de un trovador cuya música también se va en mi mochila. Y no solo la de Silvio, sino toda la música cubana, que es un gran tesoro de heterogeneidad y calidad a nivel de todo el planeta.

Quiero llevar la belleza de nuestros paisajes, de nuestras playas, de nuestras mujeres: quiero que esa belleza natural que nos rodea se derrame en las obras que construimos los cubanos. Quiero guardar el Pico Turquino y todas las elevaciones que ponen a prueba la voluntad de quienes intentan ascender. Quiero que en lo más alto de todas ondee con frecuencia la bandera, que va en el equipaje como referencia de lo mucho que quisiéramos decir y que ella plantea sin estridencias, en un discurso de silencio al viento.

Guardaría también una franela con el escudo que nos ha visto vencer tantas veces en el deporte, para besarlo cada vez que logremos una nueva conquista. Llevo el béisbol y el boxeo, con toda esa historia que enorgullece y es patrimonio de todos.

Tendría en mi mochila esa sonrisa para el mal y el buen tiempo de Cuba, la que sostiene cotidianamente los cimientos de la Patria. Junto a ella la historia de cada espacio y su visión conjunta, que no es suma de las partes, sino unidad de acciones para ser libres como un todo nacional.

Me llevaría también nuestros «inventos», desde el que echó a andar la fábrica hasta el que nos da de comer en tiempos difíciles. La solidaridad que ha colocado nuestro nombre en boca de tantos ciudadanos del mundo, la rebeldía que acaso explica por qué resistimos tantos embates sin doblegarnos.

No podría faltar el arroz congrís, el «mamífero nacional», la yuca con mojo y esos dulces criollos, que no saben igual en otras latitudes. También llevaría el banano, para degustarlo, no para lanzarlo a nadie por prejuicios raciales. Y un puñado de azúcar, prieta por más señas, para que la comida no me haga mala digestión.

No fumo, pero el mejor tabaco del mundo se va al equipaje como muestra de orgullo. Y el mejor ron también, para las ocasiones que inventamos, sin que nos sorprenda un exceso. El café también, que lo único mejor que una taza son dos, bien fuerte y con diálogo incluido.

Me llevaría la gran familia que somos, pero sobre todo la que debemos seguir siendo. También la pasión, la alegría, la locura, la forma única de bailar con ese «tumbao» que nos caracteriza… Al realizar el inventario, creo que necesitaría un archipiélago para atesorarlo todo. Lo necesitaría y lo tengo.

*Profesor de la Universidad de La Habana.

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