El profe Nuiry - Opinión

El profe Nuiry

Autor:

Wilmer Rodríguez Fernández

Así le llamábamos los estudiantes universitarios al profesor y amigo que nunca envejeció. El profe Juan hace ya un año que se nos fue del Salón de los Mártires sin despedirse de su Escalinata de luchas, ni del bronce del Alma Máter que le sirvió de trinchera después de asaltar junto a Echeverría y otros muchachos la emisora Radio Reloj, aquella tarde de marzo de 1957. Y se fue así, sin despedirse porque él bien sabía que ya estaba sembrado como la ceiba de la Libertad en la tierra pródiga de la Universidad de La Habana.

Somos muchos sus alumnos —unos más jóvenes, otros no tanto— que lo recordamos, porque Juan se convertía en confidente de sus discípulos. Él hablaba de la sensibilidad artística y la temeridad de José Antonio, de las ocurrencias de Raúl Roa, su profesor y amigo, de las humanas discrepancias entre unos y otros en la lucha revolucionaria.

De Juan aprendimos que la unidad entre todos los cubanos no es un concepto, sino la esencia misma de la vida política de la nación. Por ella prefirió llevarse a la tumba sucesos del pasado del que fuera testigo.

A sus 80 años, no dejaba de trabajar, y mucho menos de contar las historias de sus andanzas clandestinas en las calles de La Habana en los años de la tiranía de Batista, del exilio en Miami, o de sus pasos guerrilleros junto a Fidel en la Sierra. No lo hacía para destacar su personalidad, sino para aprender las lecciones y mirar al futuro.

Interminables fueron las conversaciones con él y su esposa Ana, rodeado a veces de sus hijos Juan Antonio y Elsita, y en otras, de sus mejores amigos. Las charlas empezaban al mediodía y a veces ni nos percatábamos de que ya era de noche. Su casa era visitada por veteranos guerrilleros, intelectuales, diplomáticos, políticos, dirigentes estudiantiles y alumnos, pero cuando más alegre se le veía era entre la juventud.

En los últimos tiempos, cuando ya sabía que una enfermedad  terminaba con su vida, a todos nos dio una lección. Era entonces cuando más trabajaba. Un día, casi ya sin poder hablar, levantó su voz en el antiguo Palacio Presidencial para contar algunas verdades de los sucesos del 13 de marzo de 1957. Y también lo vimos en la clausura del último Congreso de la FEU, y recuerdo que al regreso, ya en la tarde, como el ascensor del edificio donde residía no funcionaba, y subió sin poder los ocho pisos. Al llegar a su casa me dijo con la respiración entrecortada: «A ese Congreso yo iba, aunque me muriera hoy mismo». Y así era Juan, un hombre, un amigo, un padre.

Siempre volvía una y otra vez a la Colina universitaria. Contaba que cuando decidió guardar el uniforme de capitán guerrillero regresó a la Universidad y allí fue vicerrector. Después, al terminar los años de diplomático en Europa a inicios de este siglo, le pidió a Fidel subir nuevamente la Escalinata y fundar en el sagrado Salón de los Mártires una cátedra para estudiar la personalidad de José Antonio.

Juan hablaba del respeto y la amistad que hubo siempre entre el líder estudiantil y el Comandante en Jefe, tal vez por eso fue admirado siempre por él y un tiempo antes de morir, Fidel, en la dedicatoria del libro La contraofensiva estratégica, le escribió: «A mi amigo Juancito, con el cariño del viejo “camarada universitario”». Y hoy, cuando se cumple un año de que sin despedirse se fue del Aula Magna, regresan en el recuerdo de sus alumnos las enseñanzas del profe Nuiry.

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