¿Soy licenciado?

Autor:

Susana Gómes Bugallo

No crea que leyó mal el título o que se trató de un error de imprenta. Aunque el asunto sí está vinculado con una equivocación, no es responsabilidad de este periódico. Tampoco de los encargados de escribir esa «o» donde debía ir una «a», en tiempos en que el lenguaje de género lucha por ganarse un lugar —el que considero que le corresponde— en los modos de hablar y escribir del mundo.

Claro que la responsabilidad de la supuesta errata corresponde a alguien. Solo que no a quienes con tanto esmero dibujan nuestros certificados de graduación en las distintas universidades del país, por solo abundar en el ejemplo de mi desvelo actual. Pero gracias a dichos diplomas (emitidos en medio de un contexto en el que cada vez se hace más frecuente el correcto y renovado uso del género en nuestras conversaciones), muchas de las estudiantes que nos titulamos por estos meses nos disgustamos al ver que terminamos «convertidas» en licenciados o ingenieros.

Y aunque así esté establecido desde que «el mundo es mundo» y nuestras madres y abuelas también hayan obtenido semejantes grados, hoy pesan más estas «generalizaciones». Cierto es que resulta complicado para la gran mayoría el correcto uso del lenguaje de género. Incluso, un amigo comentaba que, al paso que vamos, guiados por excesos y malos usos, el viejo refrán puede quedar convertido en «el perro y la perra son los mejores amigos y amigas del hombre y la mujer». No es tanto para reírse como para reflexionar en torno al asunto y llamarse a capítulo también en torno a los excesos indebidos.

El problema suscita los comentarios más despiadados e irascibles. Y cada quien asume esta realidad como le parece. Hay quien abusa «a diestra y siniestra» de duplicar cada sustantivo que esgrime. Otros prefieren ignorar esa «moda atormentadora» y seguir hablando como quien finge no haberse enterado de los giros lingüísticos que zarandean no solo al mundo de las letras, sino al de las ideas.

Ninguno de los dos extremos lleva toda la razón. Si bien no se puede sucumbir ante enormes parrafadas que masculinicen y feminicen cada término en vez de hallar un sustantivo para todo el colectivo, tampoco es aceptable que, cuando el tiempo pase y este lenguaje sea tan común como el español mismo, la juventud del futuro se pregunte si solo existían doctores, maestros, niños, técnicos, trabajadores… ¿Las mujeres no hacían nada?, supongo que se cuestionarán.

La realidad de hoy es que no puedo resignarme a que el título de todas las estudiantes que lo obtenemos por estas jornadas, vaya a dar a la pared (o al historial de trabajadoras) con semejante error que, a la luz de este siglo, ya se torna discriminación. Al menos hoy, con tantas charlas y enseñanzas sobre estas cuestiones, disgusta bastante tal desliz para con el género femenino.

Mientras llega la tan necesaria norma sobre el lenguaje de género (ya presente en varios países), o aumenta la bibliografía de consulta especializada para contribuir a la preparación individual, es preciso velar por «sencilleces» como estas, que terminarán acompañándonos por toda la vida. Se precisa por ahora hacer énfasis en la capacitación de quienes trabajan con el lenguaje o, para ser más efectivos, de toda la población. Para evitarnos excesos o defectos.

Quizá un curso de Universidad para Todos (y todas, supongo) podría contribuir a que se emplee con acierto el lenguaje de género. Porque se denota que una ínfima parte de la población sabe utilizarlo correctamente. Y si en algunos espacios ya se atiende a la diferenciación, debería entonces ser generalidad. Y una generalidad bien usada.

Así tal vez las muchachas del próximo curso puedan ver en sus títulos cómo se han convertido en licenciadas e ingenieras. Y no tengan que cuestionarse —como lo hago hoy— si lo pongo en la pared o antes lo arreglo por cuenta propia.

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