¿Sabes por qué no me voy a volver loco?

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Días atrás, un reencuentro reposado con una de mis condiscípulas más próximas del preuniversitario, amiga de mesa de estudios y maratones de repasos para la buena nota, intransigente siempre en el fecundo ejercicio de los afectos, me ha hecho evocar un anecdotario repleto de filones cómicos y aventureros propios de aquella edad, en que reíamos a destiempo, preferíamos la bulla resuelta y no el toque serio, y hacíamos un «plan rebelde» prácticamente de la nada.

Y en la remembranza conjunta, tamaña gestión de búsqueda en los archivos mentales de las intensidades y los atrevimientos, encontramos con lujo de detalles, tras estrujarnos un poco el cerebro y apachurrar unas cuantas neuronas, la secuencia simpática de aquel día cuando el aula atestiguó a sus anchas una didáctica singular y se convirtió por minutos en un reducto exclusivísimo para la risa y el asombro, en un escenario de arrebatos y encomios a la vez.

Una de nuestras profes, con una vocación inusual por trascender los anquilosamientos, las fórmulas rígidas y las posturas académicas que caracterizan a una parte del proceso comunicativo, frente a otra que muchas veces se ve como depósito de lo que se explica, irrumpió con una dinámica muy suya. Venía siempre con invenciones que agradecíamos, arrestos que nos movían con inquietud hacia los contenidos, aunque nos diera margen a pensar, desde lo jocoso, en los límites corridos de lo cuerdo.

No importó nunca que su asignatura no fuera en nuestra lengua materna y tuviéramos que aplicar su bien intencionada técnica del escaneo para entendernos, o al menos entender algo que no fuera el bocadillo conocido de Tom is a boy and Mary…

Nos propuso entonces, aquella tarde del suceso, construir entre todos un párrafo de experiencias compartidas, o más bien un text, un different text, como nos acostumbraba a decir, que aunara las tipicidades de un grupo nada romántico por sus ideas medio revoltosas.

La intención era transgresora, una onda «We are all friends here» (Todos somos amigos) o «We are the world» (Somos el mundo), a lo cubano, a lo preuniversitario, a lo criollo adolescente, que nos despojara de ciertas posturas egoístas que pululaban en el grupo, y que ella, por maestra vieja y vieja maestra, sabía que debía remediar.

Pero la profe quiso ponerle sandunga a aquello, movimiento a tan democrático acto creativo. Y comenzó a mandarnos a la pizarra. Para ello, lanzaba una tiza al designado, y ese rápidamente tenía que ir corriendo al frente. «Juanito, come here (ven acá), Esperanceja, come here too (ven tú también)».

Imagínense entonces la extraña coyuntura. Aquello poco a poco fue tomando calor, temperatura relajosa, cuerpo de carnaval extemporáneo, piñata de cumpleaños sin regalos, perreta sin tete a deshora, lista de espera en vacaciones...

Alboroto, desentumecimiento, ambiente happy happy, hasta que, por fin, alguien intentó llamar a la calma: «Profe, por favor, mande a callar. Hay mucha bulla. Todo el mundo está hablando, riéndose, gozando. Profe, nos vamos a volver locos, usted también se va a volver loca». Y de repente llegó el silencio: seriedad total, cada cual a su puesto, serenidad absoluta, pizarra en blanco, rostros preocupados y hasta nerviosos, respeto que ha vuelto porque se sabe que se tiene.

Tras minutos en suspenso, la profe tomó la palabra para acabar su clase: «Mira, Fulanito, ¿tú sabes por qué yo no voy a volverme loca? ¿Pero tú sabes por qué? ¿Alguien sabe por qué, alguien se imagina por qué?». Señal enfática, edificante a la hora de las regresiones, en el momento de la enseñanza mejor. Y con la lección servida, demostrándonos que los dominios del buen maestro van y vienen con aires flexibles, porque la obediencia no hay que ganársela siempre con el ceño fruncido, una simple respuesta colmó de simpatías la tarde y alivió las tensiones: «Porque ya yo estoy locaaaa».

Ahí fue cuando se inició el desenfado de verdad. Y en mi grupo, que había poses egoístas y no pocas incompatibilidades de carácter, acabamos mirándonos y disfrutando todos a pura carcajada, a mandíbula batiente, entre la supuesta locura y la cordura, a lo seriamente «loco», a lo crazy, como diría la teacher.

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