Lo que queremos ser

Autor:

María Magdalena Oleaga Hernández*

José Martí ostenta los títulos de Héroe Nacional de Cuba, Apóstol de la Independencia, fundador del Partido Revolucionario Cubano, Mayor General del Ejército Libertador, y autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada, pero su mejor carta de presentación fue la humildad de ser «un hombre sincero de donde crece la palma», consciente de que «toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz».

Aquel hombre de cuerpo enfermizo, de poca estatura, profuso bigote y amplias entradas en sus sienes, prefería cubrirse con vestiduras de luto mientras su tierra sufriera la opresión colonial, y cuentan que por anillo llevaba un eslabón de grillete, para recordar los horrores del presidio político que había sufrido con apenas 17 años. Quiso en vida lograr echar su suerte «con los pobres de la tierra», y solo pidió como recompensa tener «en su tumba un ramo de flores y una bandera», deseo hecho realidad en el mausoleo que guarda sus restos en el cementerio de Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba.

De él expresó con certeza el escritor Cintio Vitier: «su mayor gloria está en que supo hablar a los pobres y a los niños, en que supo vivir y morir por ellos. Seguirá, por consiguiente, iluminándonos con su ejemplo, ya que su obra en la tierra que lo vio nacer; en la tierra toda, no tiene fin».

Estamos andando estos años de Revolución —ya son 56— bajo la pupila de Martí, con el signo de su pensamiento redentor y humanista, con su prédica moral y adelantada. No nos sobra tiempo. La familia humana está enferma de gravedad y todos estamos concernidos. Más allá de filiaciones políticas, religiosas o de otro tipo, nos une el propósito de contribuir a evitar una catástrofe de incalculables proporciones. Se recurre una vez más a Martí, a ese genio de la pluma y la palabra que consideró, sin embargo, que hacer es la mejor forma de decir.

La pena más grande para él es la esclavitud de los hombres, y la virtud mayor, la entrega personal en la lucha por darle a ese hombre su verdadera dignidad. El humanismo martiano vibra en la obra de amor que hacen los médicos, maestros y cooperantes cubanos en otras tierras. Seguimos bajo la pupila de Martí a 161 años de su nacimiento, pero lastimosamente, la solidaridad se está disolviendo lentamente en algunos grupos de la sociedad. La ambición está transformando ese sentido de desprendimiento de ayudarnos unos a otros y que la Revolución llevó a su más alta expresión en la idiosincrasia del cubano, como parte de los conceptos humanistas, justicia e igualdad social.

Cierto es que las necesidades insatisfechas, acrecentadas por esa criminal política de bloqueo económico y nuestras propias insuficiencias y errores en el orden económico, han hecho proliferar tendencias asociadas al individualismo y la incredulidad en el proyecto de interés común, una especie de «sálvese el que pueda» o «que cada cual resuelva sus problemas como pueda», vinculada a la Doña Divisa y al poderoso Don Dinero.

Varias generaciones dentro de nuestro pueblo se esforzaron en cultivar la virtud y la honra como una cualidad sobresaliente de nuestra nación, a pesar de todos los períodos difíciles que hemos vivido en estos años, y es lamentable que se erosione. Si lo material fuera lo más importante para las personas, los valores humanos irían perdiendo peso y de cierta manera, se agravarían las formas de la marginalidad y la exclusión, porque esa ambición desmedida lleva a la corrupción personal.

Nuestro Apóstol José Martí, en sus días de angustias, apremiado por las carencias, sentenció en una frase: «La pobreza pasa, lo que no pasa es la deshonra que con pretexto de la pobreza suelen echar los hombres sobre sí».  ¿Cuántas acciones se han utilizado en distintos escenarios para elevar la educación formal, para que el comportamiento consecuente, alegre y digno de nuestros niños, adultos y jóvenes cristalice en todos ellos?¿Habremos dado más valor a sus derechos que a sus deberes ante la sociedad? ¿Habremos sido más exigentes en la forma de vestirse, o de pelarse, o de peinarse, que con la forma de proyectarse y comportarse ante los demás? ¿Habremos sido lo suficientemente estrictos en nuestras casas, en nuestras escuelas, en nuestra vecindad, con su formación integral?

Esta Revolución ha puesto en la educación de sus hijos su desvelo y un caudal de recursos. A ella y la salud, por muchos años, ha destinado la mayor parte de sus presupuestos anuales; ha llenado de jóvenes sus universidades, sin discriminación, de las cuales han salido más de un millón de egresados, y finalmente volvemos a retomar a Martí, que no es un fetiche ni un credo. Es muchas cosas a la vez; pero antes que político, antes que periodista y escritor, fue un hombre, un hombre bueno como queremos ser hoy, mañana y siempre, enriquecido de ética y valores humanos que hemos construido, pilar esencial de la obra revolucionaria.

*Veladora de Sala Museo Fragua Martiana

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