No es tiempo de timoratos

Autor:

Alejandro Chipepo Font

Hay quienes al ver algo incorrecto, o sintiéndose maltratados o «peloteados» —una variante del maltrato—, culpan al Estado, al país, así en abstracto. Son inexactos y, sobre todo, injustos.

Precisamente porque se ha vuelto una mala práctica responsabilizar con los errores a entidades, de modo genérico, la crítica no siempre resulta lo eficaz que debiera. Es tiempo de ponerle el cascabel al gato. Eso, en definitiva, significa mejorarnos la vida y ayudar a perfeccionar la obra de todos.

Además, suele ocurrir que llegada la hora de criticar algunos se sobrecogen y, en el peor de los casos, optan por el silencio, pensando acaso que arremeter contra la ineficiencia, el descontrol o la corrupción es emprenderla contra el sistema que construimos. Ser leales y consecuentes no significa acallar el señalamiento o la denuncia, en especial si estos develan causas institucionales que propician o profundizan lo mal hecho.

A veces, también por miedo a lastimar, a herir susceptibilidades, o para no desacreditar a quien hasta cierto momento llevó una trayectoria encomiable, no se le pone nombres y apellidos a las responsabilidades incumplidas, a las faltas.

Sin embargo, todos merecemos —y deberíamos exigirlo con fuerza— que las cosas fueran de otro modo, porque hay errores perjudiciales para la colectividad. Además de la lastimadura más común cuando, digamos, el pan llega bajo de peso o con mala calidad —por mencionar las cosas más simples—, ocurren barrabasadas mayores que, en última instancia, afectan al arca común a la cual cada uno tributa. Eso nos da el derecho a exigir, a defendernos.

A pesar de tales verdades, algunos llevan el silencio a los labios llegado el momento de los puntos sobre las íes. Entre tales timoratos figuran los temerosos de «ser mal vistos» por sus superiores o por otros compañeros, quienes pudieran pensar que han dejado de serles leales. A esos les asusta también que los criticados, u otros que tengan similar techo de vidrio, «les viren los cañones». Pero, ¿para qué haría falta conservar la amistad o «estar en buena» con quien no actúa ni piensa del lado de la ética y la honradez?

Claro, una cosa es denunciar con evidencias, demostrar con pruebas, y otra bien distinta es difamar, dejar correr infundados venenos, chismecitos de pasillo. Las personas que así actúan, o no están de este lado del tablero o son gente mezquina, de alma miserable.

Es importante entender que para defender nuestro proyecto social también hay que poner nombre propio a los errores. Aunque, ciertamente, hace falta tener entereza para señalar con el dedo, sobre todo al tratarse de directivos que pudieran confundir responsabilidad con poder y tomar represalias. Mas no hay que amedrentarse ante quien deja que le roben o roba, dilapida o abusa de sus prerrogativas, no exige a sus subordinados o confiere privilegios y mantiene una doble moral. Esos están entre los que más daño causan.

Si este pueblo ha asumido con una enorme integridad las decisiones heroicas, ha enfrentado las más tremendas carencias e incluso arriesgado la vida en aras de un ideal, ¿cómo, entonces, le va a faltar ahora para ponerle nombre y apellidos a los errores?

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