Identidad violentada

Autor:

Nelson García Santos

Hay un fenómeno actual que origina, en cierta medida, el despojo o la suplantación de la identidad de las comunidades, por obra y gracia de generalizaciones impropias que confunden y desvirtúan la realidad.

La tendencia se sustenta en la manera errónea de enfocar desde hechos históricos hasta el lugar de origen de personajes ilustres, lo cual causa cierto malestar, en particular entre los defensores de su patria chica. Y no son pocos.

Sucede que en informes, medios informativos, y hasta en libros, adjudican el nombre de la cabecera municipal para identificar sucesos o acontecimientos de localidades con arraigo y rica historia.

Es innegable, por obvio, que un municipio resulta una integración de diversas comunidades, grandes y pequeñas, pero cada una cuenta con su propia historia e idiosincrasia, que se deben respetar.

He visto, incluso, en libros de historia, que adoptan la denominación del municipio para referirse a hechos acontecidos en otras localidades del mismo término municipal, como si aquellas carecieran hasta de nombre.

La identidad se va forjando con el paso del tiempo, cimentada en el sentimiento de pertenencia, que revela un conjunto de rasgos propios de una comunidad poseedora de características diversas.

De ahí la valía de enaltecer lo autóctono, de prestigiar los valores de cada lugar que, a veces, se descuida, no solo mediante la arbitraria utilización de los nombres, sino también relegando el estudio de la historia de cada localidad.

Resulta bueno conocer la historia y la identidad nacional y universal, pero es malo que las personas desconozcan, por ejemplo, cuándo fundaron el lugar donde nacieron y viven, o los hechos más relevantes de su devenir porque quedan diluidos entre generalizaciones.

No se trata de una minucia. La identidad empieza a fraguarse en el terruño natal, ese que todos tenemos prendido en el alma y el corazón, que jamás olvidamos, estemos donde estemos.

Por mal camino vamos si ahora despojamos de su nombre propio a las localidades para rebautizarlas con el genérico del municipio. O les cambiamos el lugar de nacimiento a las personas, o tampoco especificamos, exactamente, los sitios donde ocurrieron los hechos.

Entre un breve muestrario de suplantaciones pueden citarse los famosos ostiones de Sagua la Grande, que realmente son de Isabela de Sagua, porque se extraen en sus áreas marítimas. Parecido ocurre con las playas Ancón y Costasur, ubicadas en Trinidad, cuando en realidad están cercanas a Casilda; o las referencias al central azucarero Uruguay, de Sancti Spíritus, que en verdad está ubicado en Jatibonico.

También se escribe y habla del polo turístico del nordeste de Villa Clara, cuando está ubicado exactamente al norte de Caibarién. Y así, de seguro, usted puede engrosar este listado.

Sobre los ilustres son amplísimos los cambios a la hora de ubicar su lugar de nacimiento. Ahora mismo al Cuentero Mayor, Onelio Jorge Cardoso, se presenta, muchas veces, como encrucijadense, cuando en realidad nació en Calabazar de Sagua.

Los protagonistas de este cambio, quizá, aleguen  que no resulta tan errado, porque en realidad lo es también por extensión al pertenecer esa localidad a Encrucijada. Pero generalizar esta asociación contribuye a oficializar una suplantación.

Para los calabaceños resulta un orgullo que Onelio haya nacido allí y escribiera cuentos inspirados en personajes de la propia localidad.

Entonces, ¿por qué utilizar arbitrariamente el nombre de los municipios para englobar a localidades que tienen su nombre e identidad propios?

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