Evas desesperadas

Autor:

Liudmila Peña Herrera

Otra vez lunes y ella frente al espejo, disfrutando del momento más placentero del día antes de marcharse al trabajo. Se mira y esconde con polvos sus ojeras, dibuja sombras de colores en los párpados cansados y piensa cuánto ha envejecido en pocos años.

Otra vez el lunes y ella sin pintarse las uñas, porque el domingo llegó visita y no alcanzó el tiempo ni para planchar. Otra vez, frente a la luna que reproduce su imagen de muchacha una década mayor de lo que es, vuelve a repetirse en silencio: «¡Qué castigo el de haber nacido mujer!».

Mientras recoge un camino de objetos desde el cuarto hasta la sala, para dejar la casa «pulía» por si llega un visitante de imprevisto, se dice: «Esto de ser mujer es complicado».

Así comienza el día para una Eva desesperada (o dos, o tres, o cientos de Evas de este tipo) que hoy no ha de llevar el niño al círculo porque el ex marido decidió ser mejor padre esta semana. Así sale de casa una Eva dolida, acostumbrada a cumplir con sus «obligaciones», sonreír y estar bonita aunque la mate el cansancio, si pretende encontrar hombre bueno y compromiso.

Pero mientras esta anda el camino del trabajo, otra Eva, más descolorida, menos joven, se marchita frente al calor del fogón, soñando los horizontes que una vez marcara como metas. Ahora cuela el café, limpia la casa, cocina tres almuerzos diferentes (uno sin sal por la dieta de los viejos, uno especial para la beca de la hija y el que se pueda para ella y el marido). Esta Eva toma té para calmar los nervios y se consuela con las historias de amor de las novelas.

Otra planea una noche romántica, pero el dinero no le alcanza y pide prestado hasta el próximo mes. Una tercera madruga por si se cumple el refrán, ordeña vacas y alimenta a las gallinas. Detrás de un buró, aquella se quita las gafas y se arregla el pelo antes de salir a la reunión y la de al lado hace cuentas futuristas para encontrar un alquiler.

Hay Evas distintas: más pequeñas, más niñas, pero igual de complicadas. Están las gorditas del aula, que comen chocolates a escondidas (culpables las madres y las dietas); las que se avergüenzan del rostro poblado de granitos; las de los aparatos en los dientes por una sonrisa perfecta para las fotos de los 15; las sin novio, las calladas, las que no saben nada...

Una Eva casi centenaria trilla el arroz y refunfuña en la cocina. Mañana se casa la bisnieta y hay que «tirar la casa por la ventana». Faltan horas para que esta otra Eva enamorada camine al matrimonio muriendo de calor en el vestido blanco, mientras sonríe aunque no conozca el nombre de la mitad de los invitados. Esa novia preciosa, de película, que algún día sabrá de los dolores del parto y los insomnios de la maternidad.

Llevo conmigo las historias de estas y otras mujeres anónimas, que cuentan en el rostro sus desdichas. Pero hay Evas que no buscan beldad frente a un espejo como el boleto a la felicidad, ni callan cuando piensan que es necesario protestar, ni asumen las tareas que no les corresponden, ni lloran lo perdido, ni asesinan su futuro. Son Evas guerreras, valientes, seguras, que no permiten que nadie cambie sus proyectos.

Son alegres y optimistas: miran el lunes como la oportunidad de un recomienzo, optan por compartir faenas como fórmula para el amor, dialogan, se toman su tiempo y aprenden del error cuando se equivocan. También son madres, hijas, bisabuelas… Se casan, trabajan, cocinan, tienen metas (algunas infinitas) y sienten orgullo de vivir en este siglo.

No piensan que se nace mujer para agarrar la escoba o los cosméticos, para ser delgadas y perfectas, para llorar y acariciar según se necesite. Y no desesperan cuando alguien las señala con el dedo: demuestran su valía disfrutando cada uno de sus pasos. Estas son también Evas de hoy. Para estas Evas ser mujer no es un castigo.

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