Mis días «azules»

Autor:

Yuniel Labacena Romero

Sus rostros se distinguen entre la muchedumbre. Son los más inquietos, intranquilos, los de mayor algarabía y quizá también los de mayor fuerza. La edad los hace distinguirse.

Los observo detenidamente y recuerdo el día cuando por vez primera, vistiendo el azul como uniforme, comencé a sentir las mismas sensaciones que ahora probablemente ellos experimentan, y desempolvando cada página de la historia, descubro ese carácter, pasión y voluntad que los caracteriza.

En andanzas como las de ellos comencé a crecer, a crear y a transformar espacios que con el paso de tres cursos ya me eran muy afectivos.

Apenas llegaba al Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVCE) Federico Engels, de Pinar del Río, y la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media se me presentó como un espacio muy cercano, un puente necesario para hacer de mi experiencia de adolescente —y más de becado— una forma de vida agradable y fascinante, dentro de una larga oncena de clases, alejado de la casa, la familia, del barrio...

Ya son más de cuatro décadas de existencia de esa organización, que ha escrito con atrevimiento sus páginas de historia, desde aquel 6 de diciembre de 1970, fecha en la que surgió, como parte del proceso de fortalecimiento de las organizaciones de masas y con el fin de revitalizar el movimiento estudiantil en la Enseñanza Media.

En años fueron miles los muchachos en tareas productivas o sociales que se preparaban como obreros calificados o andaban por las aulas como miembros del Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech, con la misma naturalidad con la que en el ayer otros estuvieron en los combates de Girón o en la Campaña de Alfabetización.

Al desempolvar libretas de mis años (los 2000), cada anotación tiene un recuerdo diferente: galas artísticas, ruedas de casino, maratones, sociedades científicas, concursos, exposiciones, encuentros de conocimiento y deportivos, intercambios en la comunidad y hasta el propósito de que se nos aceptara el uniforme a la moda de esos días. Pese al paso del tiempo, anhelo que la FEEM continúe como un espacio para participar, debatir, transformar…

Lo más esperado de las actividades —al menos en mi IPVCE— eran los chequeos de emulación entre las unidades, esas que prendían la chispa de miles de ocurrencias que nadie podía imaginar (y jamás olvidar), para agenciarse más puntos y coronarse al final con la victoria, y así subir todos al anfiteatro para hacerlo «temblar» con nuestra algarabía.

No menos cotidiano fue el estudio, asistir a clases, escuchar atentamente a cada profesor, leer libros de textos, compartir en equipos, descubrir teoremas, figuras geométricas, fórmulas físicas o químicas, corrientes hidrográficas, personajes y hechos históricos, obtener buenos resultados, que ya ahora sabemos cuánto valor tienen en la vida.

Y no fueron pocos los embates para conseguir que cada espacio —docente, político o recreativo— se pareciera más a los estudiantes, a nuestras necesidades, inquietudes, conceptos, diferencias. Que la dirección de la organización y la de las escuelas pensaran como el grupo, soñaran y actuaran como el grupo, ese en el cual nacían nuestras ingeniosidades.

De esa etapa son los amigos que aún perduran, los que nos descubrimos unidos como diferentes somos en gustos, saberes; pero que nos debemos confianza y respeto. Ahí están las libretas, los abrazos, las comidas… y hasta las tareas compartidas para que el «gorrión» no nos agarrara en esas semanas intensas, en las que el consuelo de uno fue la presencia del otro.

No tengo dudas de que esa etapa comenzó a mover mi pensamiento, a sembrarnos virtudes, a situarnos entre lo inmoral y lo moral, a afilarnos las convicciones... Quizá por eso, cuando llegó el momento de decir hasta pronto y dejar atrás al IPVCE, a muchos la nostalgia nos invadió, una añoranza que ni el tiempo ni las distancias han podido borrar jamás.

Los colores tienen el tono de los símbolos, y al menos a mis compañeros y a mí todavía nos parece, y seguramente nos ocurrirá siempre, que esos fueron nuestros días «azules», ese tono en el que queremos seguir viviendo.

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