Las mejores noticias del año

Autor:

Alina Perera Robbio

Emoción. Parteaguas. Gigantesco paso en un camino más humano. Llanto de descompresión del batallador que ha llegado hasta aquí —por él y por todos los suyos—, que sin quitarse el polvo de la guerra ni renunciar a su memoria ve acercarse una era más suave, sin dudas más compleja, que demandará espíritu profundo y sereno. Era en la cual tampoco se descansará porque existir, ser sin negar un ápice de sí, tendrá siempre su precio.

Tanto sentimiento y pensar, con un nudo en la garganta, se agolpaban en esta cubana al filo del mediodía mientras el Presidente Raúl Castro hablaba a todos. Él hizo una pausa, para después decir que los tres hé-roes (quienes faltaban de los cinco que habían sido injustamente confinados en los Estados Unidos) ya estaban en la Isla. Suficiente con eso para una alegría desbordada.

Pero la noticia dada por Raúl de que Cuba y los Estados Unidos acordaron restablecer relaciones diplomáticas rebasó toda expectativa. Pensé en cuánta buena voluntad, en cuánta labor se desplegó discretamente para llegar a entendimientos, para escalar peldaños en el dificilísimo arte de la convivencia. Recordé que lo único eficaz contra guerras, exterminios, discriminaciones, arrestos nucleares, cegueras y diálogos de sordos, es un lenguaje que todos podemos hablar: el humano.

Pensé también en mis antepasados, en mis abuelos, en la generación de mis padres. En un país en cuyo código genético está actuar no bajo presión ni bajo amenaza de colapsos, sino bajo los efectos del entendimiento, del reconocimiento y del respeto. Pensé en el cubano del común, tan bueno y tan fuerte, protagonista de una resistencia muy larga, merecedor de un monumento de proporciones indefinibles.

Minutos después de atender la intervención de Raúl, mientras escuchaba las palabras de Obama, me tuve que acordar del infinito Martí: sí, el Presidente norteamericano tiene razón; libertad es el derecho que cada hombre tiene a expresarse honestamente. Es lo mismo que nos legó el Apóstol y que tan bien conocemos desde hace mucho tiempo.

Otra gran verdad dijo Obama: la memoria pesa. Pero la estatura de todos los que viviremos esta nueva etapa tendrá que medirse por la capacidad de desmontar muros, obstáculos y prejuicios a pesar de tantas cicatrices. Se irán tendiendo puentes de igual a igual, y eso nos reafirma en nosotros mismos, nos reconcilia con una dimensión de múltiples posibilidades, descubrimientos y esperanzas.

Los cubanos estamos estremecidos y felices. Prestos a abrirnos, a intercambiar, a injertar en nuestro tronco de identidad y dignidad cuanto de bueno tenga el mundo. «Me erizo», comentó una coterránea dos horas antes del mediodía de este miércoles en clara alusión a lo probable de que regresaran «los tres héroes que faltan». No sé qué dirá ahora al constatar que entre la Isla y el país norteño las cosas van más allá de un momento conmovedor, trascendental, y se proyectan con afán de luz larga.

Hablando, por cierto, de los Cinco, he visto a un cubano diciendo a otro: «El hombre dijo: “Volverán”. Y han vuelto». Confieso que he pensado mucho en el «volverán» de Fidel. Porque esa realidad lucía muy distante, por no decir imposible. Según lo siento, la historia nos confiere el gozo de ver cumplida, una vez más, la palabra empeñada.

Ahora, impuestos de las mejores noticias de este año nada fácil, arduo como canal de parto, habrá que seguir trabajando: caen y caerán muros al piso. Ahora, con nuestro destino a cuestas, con el sano orgullo de no haber cedido «ni un tantito así…», seguimos en la pelea.

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