Indisciplina en un P-4

Autor:

Osviel Castro Medel

Iban en un ómnibus —un P4— atestado, abigarrado no solo de colores y de olores. Iban gritando a todo pulmón, riendo, hiriendo.

Jabao, Adelaixis, Raspao... eran seis muchachos en total. Pero parecían, con sus verbos en trueno y su choteo humillante, un ejército salido de Chancletilandia.

Nadie les decía una palabra. Nadie. Solo una señora, incómoda ya de tantas contaminaciones en su oído, pidió silencio a la bocina humana que tenía más próxima.

«Cómprate una guagua», respondió él. «El que no quiera bulla que se compre un carro, o que se baje», completó, arrojando una risotada de león.

Ella replicó. Pero lo cierto es que él no se calló un instante, tampoco los otros. Siguieron burlándose de todos, probablemente hasta el final del viaje.

Yo bajé a mitad del trayecto. Y sentí pena; pena por no haber secundado a la señora solitaria que exigió un mínimo de compostura; pena por saber que la escena de esa mañana en el transporte público no es la única de nuestros días vinculada con la vulgaridad y el irrespeto... a la vista de todos.

Y medité un rato sobre las causas múltiples de episodios como este, que pueden convertirse en «normalidades», si no les miramos críticamente la dosis de jungla que encierran, el rostro de pezuña que transmiten.

¿Es que la práctica de no buscarnos problemas puede llevarnos a la sumisión ante la rudeza cotidiana?, me interrogaba. ¿Es que la urbanidad se construye solo con lecciones entre pupitres o mensajes por los medios de comunicación masiva?

En esa última cuestión me detenía porque ya se sabe que no basta la escuela —aun con su gran peso— para formar individuos cívicos y educados. Entonces me preguntaba si las familias de esos muchachos aplaudirían sus actos o si, al menos, los conocerían.

Reflexionaba, más que nada, en el papel de contención que debe ejercer la colectividad ante estas conductas. Ese día de la guagua —me dije—, todos fuimos cómplices y a la vez súbditos del insulto.

Meditaba sobre otras sociedades, teóricamente con menos valores que la nuestra, las cuales se fueron amoldando gracias, en buena parte, a mecanismos de «encarrilamiento» y freno aplicados por autoridades y agentes públicos.

Raúl, en su medular intervención del 7 de julio de 2013 ante el Parlamento, exponía que «no puede aceptarse identificar vulgaridad con modernidad, ni chabacanería ni desfachatez con el progreso; vivir en sociedad conlleva, en primer lugar, asumir normas que preserven el respeto al derecho ajeno y la decencia».

Agregaba que la lucha contra las indisciplinas sociales «no puede convertirse en una campaña más, sino en un movimiento permanente cuya evolución dependerá de la capacidad de movilizar a la población y a los diferentes actores de cada comunidad, sin excluir a nadie, con rigor e intencionalidad política».

En esa aspiración a la movilización constante también pensaba. Porque aún no hemos encontrado, pese a la enorme instrucción de las masas —como también nos alertó nuestro Presidente—, el camino total a la verdadera educación, a la cultura más alta, como lo soñó José Martí.

Esas palabras de Raúl, que deberían ser brújulas en el día a día, esbozan la complejidad del asunto y, sobre todo, nos enuncian un desafío tremendo, que, de perderse, quebrantaría la sociedad y hasta la nación.

Por eso, nuestra pretensión no puede ser la derrota. Pero lograr el sueño martiano implica vencer la pasividad, la indiferencia, la inercia y otros vicios que se asomaron aquel aciago día en un P-4.

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