«Lucha» vil

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Todavía no sé cómo pueden dormir tan plácidamente. Pegar la cabeza sobre la almohada y entregarse al sueño a piernas sueltas sin remordimientos, sin pesadillas. A mí me cuesta entenderlo. Tal vez sea que estoy «chapado» a la antigua, que las enseñanzas de mi madre ya rebasaron el período de caducidad.

¿Sería demasiado exigente ella al no permitirnos a mi hermano ni a mí aparecernos en casa con un juguete que no era nuestro; un lápiz o una goma que no nos pertenecía? Para Juana no había aquello de que: «el niño lo hace sin saber». Muy posible que fuera así mismo, pero igual no perdía una oportunidad para indicarnos lo que estaba bien o mal.

Entonces nos narraba las duras historias de ladrones que terminaban con sus manos cortadas como castigo por haber transgredido las leyes de sus respectivos países. Y después nos recalcaba, convencida, que no había nada mejor que dormir con la conciencia tranquila.

Ahora que lo analizo, no era ese un pensamiento privativo de mi madre. De hecho, hasta hace relativamente poco tiempo ese modo de ver las cosas estaba presente, por norma, en todos los hogares cubanos. Pero, las carencias económicas que arreciaron en el período especial nos hicieron mucho daño. Tanto, que le metieron artillería pesada a ciertos valores que por décadas habíamos defendido.

Evidentemente a partir de ese momento el comportamiento de algunos se empezó a resquebrajar. Se tornó cada vez más negativo en la misma medida en que quizá las personas no supieron enfrentarse a los serios problemas económicos y sociales, provocaron rupturas en los procesos educativos y ético-morales, y comenzaron a actuar ante la sociedad sin correspondencia con nuestros más preciados valores ancestrales de decencia.

Llama la atención cómo en un intento al parecer desesperado por buscar cierta «paz» interior, algunos se encargaron de denominar como «lucha» a un acto sin dudas deshonesto que hasta entonces había encontrado una repulsa mayoritaria, justo en un país donde esa palabra encierra tantos significados positivos.

Tamaña ironía persigue enmascarar un fenómeno que no deja de ser preocupante todavía en la actualidad. Asombra escuchar el desparpajo con el cual algunos afirman que solo trabajarán en aquellos lugares «donde se pueda “luchar”», es decir, donde haya «búsqueda», o lo que es lo mismo: donde se pueda robar.

Ya ni se sonrojan sabiendo que se han convertido en cuatreros habituales. Sí, porque ni siquiera estamos ante personas que se enfrenten a un dilema ético como el que planteaba el poeta en su inmortal Playa Girón: si alguien roba comida/ y después da la vida/ qué hacer... Y es que también pudiera suceder que una persona se sintiera desesperada, en un callejón sin salida, y se creyera «forzada» por la situación, en medio de un contexto que a veces no proporciona los medios imprescindibles para la consecución de metas o necesidades.

No es el caso, pero incluso entonces, inmerso en esas difíciles circunstancias que pueden aparecer a diario, ante situaciones límite, tendremos la oportunidad de poner a prueba nuestra catadura y solidez moral, la profundidad y firmeza de nuestras convicciones. Porque, como aseguraba Aristóteles, la ética (reglas sociales que generan una armonía en la convivencia) es, sobre todo, praxis, acción.

Sin embargo, está claro que los sujetos que han inspirado estas reflexiones han decido vivir a su aire, a lo «sálvese quien pueda», aunque le hagan daño al prójimo, a sus semejantes. Lo encontramos lo mismo diluyendo en agua cuanto líquido le caiga en sus manos (leche, detergente, refresco, gasolina, desodorantes...), que adulterando productos (se han especializado en empaquetar para que sus mercancías penetren hasta las tiendas en divisa). Están los que jamás tienen «vuelto» para devolver o los depredadores de cualquier tipo de materiales...

Lo más bonito es que se atreven a timarnos delante de nuestras propias narices, «a la cara», como se diría en buen «cubano», y uno ni protesta, para no parecer ridículo devolviendo un cigarro que no prende, o una «guachipupa» que jamás se enteró de que llevaba gas y sirope; o exigiendo que saque de sus abultados bolsillos los cinco o diez centavos que se guardan, pero que son nuestros. Y hasta nos decimos: «pobrecito, si está luchando...».

Lucha vil la que llevan adelante esos ciudadanos que hoy logran dormir como «angelitos», desconociendo que siempre seremos responsables de nuestras acciones. ¿Creerán acaso que su familia es ciega? Que sepan que mañana, porque no han sido buenos ejemplos, no les quedará más remedio que ser permisivos, impositivos o autoritarios con los suyos; que sepan que la carencia de valores, como los virus contagiosos, también se transmiten de padres a hijos.

Para recostar la cabeza plácidamente sobre la almohada no puede olvidarse aquella idea martiana, tantas veces repetida, como en ocasiones mal asimilada: «La pobreza pasa, lo que no pasa es la deshonra que con pretexto de la pobreza suelen echar los hombres sobre sí».

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