Sí, la historia pesa

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

La casualidad puso ante mis ojos un artículo del Miami Herald, días antes de que este 17 de diciembre se ubicara entre nuestras fechas ilustres. En el escrito puede sentirse el hedor de un sector de los cubanos que siempre comulgó con lo que ha dado en llamarse una conciencia «plattista»:

«...Dicho con vulgar claridad: los americanos no tienen la culpa de nuestros problemas. José Martí fue intelectualmente deshonesto y políticamente demagógico cuando le postuló a Cuba la misión de impedir la expansión de la influencia gringa sobre el resto de nuestros países».

Ante afirmaciones semejantes, y de otras de parecida ligereza que algunos escuchamos o leímos a propósito de las sorprendentes y esperanzadoras jornadas recientes, tendríamos que hacer honor a los pronunciamientos de Raúl en la última sesión anual del Parlamento.

El Presidente cubano, además de remarcar los principios sobre los cuales es posible restablecer los nexos oficiales con los Estados Unidos: igualdad, soberanía y autodeterminación, acentuó que por nuestra parte debe primar una conducta prudente, moderada y reflexiva, pero firme.

Es sensato subrayarlo ahora, porque los hay que no se avergüenzan de ser prostitutas ideológicas, aunque algún teórico prefiera llamarlos de manera más catedrática. Llevan mente de prostíbulo, dispuestos a vender hasta su alma.

Es un momento especialmente sensible de la historia nacional, en  vísperas del aniversario 56 de la Revolución, cuando se abre un decisivo parteaguas en las relaciones entre los Gobiernos de la nación norteamericana y Cuba, tras una puja de siglos de la Isla por la independencia y la justicia social; dos conceptos inseparables desde que en La Demajagua el grito de libertad se pronunció junto al de la liberación de los esclavos.

En circunstancia tan singular vuelve a gravitar sobre nosotros —lo queramos o no— la añeja encrucijada de nuestra Patria entre la independencia y el anexionismo; esa corriente que incluso bordó nuestra enseña nacional, cuyo honor fue rescatado en cruentas contiendas emancipatorias.

La historia pesa, como admitió en su mensaje al mundo, en paralelo con Raúl, Barack Obama; pero si queremos ser consecuentes con esta, lo primero a reconocer sería que lo ocurrido entre Cuba y Estados Unidos no fue, ni puede ser catalogado de «diferendo histórico», como algunos lo acuñaron en estos años. En realidad ha sido un «empecinamiento histórico», una diabólica criatura alimentada por las élites mesiánicas de aquella nación, a la que nunca faltaron algunas entusiastas nodrizas en este archipiélago.

Catalogar el duro proceso de desencuentros entre las vanguardias independentistas cubanas y la expansionista derecha norteamericana como un diferendo sería reducir a los últimos 50 años —a la etapa posterior al triunfo de la Revolución de enero de 1959—, lo que verdaderamente tiene añejos y muy perversos antecedentes, y que con el ascenso del socialismo por voluntad popular en Cuba llevó a límites del delirio a los gobernantes de aquel país, con sus correspondientes cargas de muertes, desgarramientos y penurias de nuestro lado.

Los pronunciamientos de Raúl y Obama se publicaron con igual destaque en las planas de los periódicos cubanos, aunque ello no implica comulgar con la idea de admitir el «diferendo», pues ello significaría aceptar que tenemos «culpas» parejas, lo cual no tendría el más mínimo fundamento.

El desprecio absoluto hacia Cuba, los valores de su pueblo y sus esencias, es tan antiguo como el proceso de «americanización» al que pretendió someterse a nuestro país, y comenzó a delinearse desde los primeros años del siglo XIX, cuando Thomas Jefferson —uno de los fundadores de la Unión—, confesó con «candor» que siempre había mirado a Cuba como la adición «más interesante que podría hacerse a nuestro sistema de Estado».

Más tarde, John Quincy Adams acuñó el término del fatalismo geográfico, al plantear su doctrina de la «fruta madura»: «Así como una fruta separada de su árbol por la fuerza del viento, no puede aunque quiera dejar de caer en el suelo, así Cuba una vez separada de España (...) tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana...».

Desde esos lejanos comienzos el anexionismo mesiánico y sentimental de las élites y los gobernantes norteamericanos estuvo marcado por el mismo desprecio con el que el Herald y algunos de sus agoreros atacan desde hace tiempo a esa columna patriótica, moral, ética y justiciera que es José Martí.

Así lo revelaba el diario El Delta, de Nueva Orleans, en 1852: «Su lenguaje (el de los cubanos) será lo primero en desaparecer, porque el idioma latino bastardo de su nación no podrá resistir apenas por tiempo alguno el poder competitivo del robusto y vigoroso inglés... Su sentimentalismo político y sus tendencias anárquicas seguirán rápidamente al lenguaje y de modo gradual, la absorción del pueblo llegará a ser completa —debiéndose todo al inevitable dominio de la mente americana sobre una raza inferior».

Ofensas similares contiene la comunicación del señor Breckenridge, subsecretario de Guerra de los Estados Unidos, en diciembre de 1897, al teniente general del Ejército norteamericano N. S. Miles, nombrado General en Jefe de las fuerzas que realizarían la intervención militar en el conflicto independentista cubano. Ya sabemos que todo terminó con la frustración de la independencia y la onerosa Enmienda Platt.

«Cuba con un territorio mayor tiene una población mayor que Puerto Rico. Esta consiste de blancos, negros y asiáticos y sus mezclas. Los habitantes son generalmente indolentes y apáticos. Claro está que la anexión inmediata a nuestra Federación de elementos tan perturbadores en tan gran número, sería una locura, y antes de plantearlo debemos sanear ese país», estampó Breckenridge.

Gonzalo de Quesada, patriota cercano a Martí, denunció el acoso de esas vejaciones: «Hoy se pregona (en los Estados Unidos) nuestra incapacidad para mantenernos sin la ayuda del extranjero. Se ponen de relieve nuestras faltas y nuestros hombres son motivos de mofa... Los centenares de millones de pesos invertidos en Cuba son, a sus ojos, de más monta que nuestro futuro intelectual y moral. Él ora exige estabilidad, tranquilidad, prosperidad... y paz, aunque sea la de los sepulcros».

En su artículo Vindicación de Cuba, el Apóstol tuvo también que contestar con virilidad patriótica los improperios de The Manufacturer de Filadelfia, el 21 de marzo de 1889, cuando esta publicación nos catalogó como pueblo de vagabundos míseros o pigmeos inmorales, afeminados, con aversión a todo esfuerzo, incapaces de valernos, perezosos, incapacitados por la naturaleza y la experiencia para cumplir con las obligaciones de la ciudadanía en un país grande y libre, faltos de fuerza viril y de respeto propio...

Por todo lo anterior, los cubanos seríamos los primeros en enaltecer la conducta del presidente Obama —y la de quienes apoyan sus pronunciamientos ahora y hacia el futuro—, si, como anunció a su país y al mundo, fue honesto al afirmar que no podremos nunca borrar la historia que existe entre nosotros, pero «creemos que ustedes —los cubanos— deben contar con la autoridad para vivir con dignidad y autodeterminación».

Porque la única forma de alcanzarlo, según admitiera en esa misma intervención el Presidente estadounidense, es que «dejemos atrás el legado de la colonización».

Solo entonces se crearían las condiciones verdaderas para aprender el arte de convivir, de forma civilizada, con nuestras diferencias, como los «buenos vecinos» que debemos ser; sin besos de Judas, cada cual con el peso irrenunciable de su historia.

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