Un Coppelia dentro del Coppelia

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Coppelia habanero de la calle 23. Sábado en la noche. Mientras todas las áreas poseen su enorme cola, esta permanece desierta. Afuera, las disímiles filas están creciendo cada vez más, pero por esta zona no deambula nadie. A cada rato vemos a alguien que traspasa la guardia del agente de seguridad y nuestra cola se alarma. Pero no está colado el supuesto foráneo, sino que va hacia este lugar impensable para quienes aguardamos (in)tranquilamente por nuestro turno.

Para los más noveles, la cancha desierta es un misterio. Los más preguntones u observadores saben que se vende en CUC. Pero ello no justifica que esté vacía. Este no es el único lugar que vende helado en CUC por esta zona, y sí el único que continúa ocioso. Sus dos o tres dependientes permanecen casi estáticas. Y adivino que así ocurre casi siempre, a juzgar por el poco tránsito (casi nulo) que hay hacia el interior de la cancha.

Más allá de la observación pasiva y crítica, una se aventura a volverse participante. Invitación de una amiga mediante y estoy dentro de la «zona especial». Preguntamos por las especialidades, porque no hay carta, tablilla, o un anuncio que comunique los servicios que se brindan en tal apartado. Hay sundae, jimagua, tres gracias, super twins, ensaladas. Inquirimos por los precios: el gran secreto de nuestra investigación. «Es por monta», recibimos como única respuesta (y yo molesta, con cara de que me explique qué quiere decir eso).

Mi compañía es más ecuánime y le dice que ponga dos sundaes (una bola, por si acaso); es lo menos que podría pasarnos. «¿Sabes que eso puede salirte alrededor de los 2,50 CUC cada uno?». Y no, no sabemos, claro que no. Pero mi amiga no quiere dar su brazo a torcer. «Sí, póngalo», le dice y esperamos con ansias qué nos deparará lo que parece ser un manjar, a juzgar por el costo.

Una de las copas normales (de las de adentro) es endulzada con miel, digo yo. Luego cae la bola mágica, la igual que todas, la bola y ya… y sobre ella un polvillo común de chocolate. Ya tenemos nuestras copas en la mano. «¡4,80!», dice con tono sereno la despachadora, pero los signos de exclamación los llevo yo por dentro.

Mi amiga está dispuesta, es su regalo de cumpleaños. Yo solo quisiera dejar las susodichas copas, decir tres o cuatro cosas e irme para la cola de antes, para un parque, para la casa. Pero me controlo porque soy la invitada de mi cumpleañera. De todas formas siento curiosidad por paladear el sabor de una bola que cuesta 2,40 CUC. Y debería saber a gloria pero sabe a infierno. Porque sigo sin entender.

Lo peor es que dos o tres despistados han pasado por el mal momento de conocer el precio de sopetón, mientras yo sufro mi helado. ¿Cuántas copas al día serán montadas en vano?

Posibilidades debe haber tantas como puedan inventarse, destinadas a cuantos gustos y condiciones de vida existan. Por esa razón aplaudo los Bim Bom y a estas canchas de nuevo tipo, que ofrecen la especialidad de la «monta» y abundan en el mundo entero, siempre honrando su modalidad al hacer de esta práctica una verdadera especialidad, con todos los talentos y misceláneas que lleva como complemento.

Pero en mi Coppelia, al que asisten miles de cubanos diariamente, ¿está bien ubicado este sitio de dudoso acceso para la mayor parte de la población? ¿Cuántas capacidades aumentarían si se aprovechara este espacio para ofertar el mismo servicio que el resto de las áreas de esta instalación?

No se trata de desaparecer el «helado por monta». Debe existir como existen los que desean probarlo. Pero no considero que Coppelia sea el lugar más apropiado. Y si incluso se insistiera en esta opción porque es otro modo de generar ganancias para la instalación, al menos debería ser un servicio a la altura de su costo. Y no un mal servicio que haya que pagar a elevados precios.

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