«Lujuriosa» confusión - Opinión

«Lujuriosa» confusión

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

En octubre de 2015 Juventud Rebelde arribará a sus cinco décadas. Y como ya es costumbre, en coincidencia con cada aniversario cerrado, se alista para desarrollar este año un nuevo Estudio de Lectoría, que permitirá conocer valoraciones de los contenidos de mayor impacto y diagnósticos actualizados de las audiencias consumidoras de un medio que, a pesar de su experiencia cincuentona, se concibe y proyecta con alma joven.

Por estos días en que se ha dado a conocer parte del diseño de la nueva investigación, que realizarán especialistas del Grupo de Atención a Lectores de JR con el apoyo de corresponsales de varias provincias del país, me remonto un quinquenio atrás y me parece andar otra vez, acabadito de graduar, por centros estudiantiles de Villa Clara, mi provincia natal, acompañando a colegas de La Habana en la aplicación de técnicas para conseguir la información con el mayor rigor.

Como parte de aquella agenda por tierras villaclareñas, jamás he olvidado el jocoso incidente en la visita a una prestigiosa escuela del territorio, de cuyo nombre, por más que me acuerdo, no creo necesaria la mención, a no ser que se haga para agradecerles aun la camaradería inesperada y aquella demostración de respeto y confianza a JR que, en su nombre, al menos yo no merecía.

Bien temprano el día del suceso, la joven especialista de La Habana y yo, en calidad de uno de los corresponsales anfitriones, llamamos al referido plantel para cerciorarnos de que el aviso de nuestra visita había llegado, sin problemas, por los canales pautados.

Recuerdo que hablé con una secretaria, atenta y cariñosa a más no poder. «Ay, qué pena con usted. No hay nadie ahora en este momento. Todo el mundo está reunido. Si quiere dejar algún recado... Pero despreocúpese, periodista, que lo de ustedes está garantizado. Lo sabemos hace días y les estamos preparando un encuentro especial».

Bueno, cuando a uno le dicen así queda aliviado, pero al mismo tiempo se preocupa: ¿Un encuentro especial? ¿Con motivo de qué si solo queremos reunirnos con un grupo no mayor de diez alumnos, con los que buscamos compartir algunos criterios del periódico? Aquel anuncio nos intrigó de antemano.

¡Llegamos! De repente vemos que un estudiante sale corriendo desde la garita de la entrada hacia el interior, por el pasillo central, al parecer en señal de aviso. Al instante, en la mismísima puerta del edificio, varias personas se disponían gentilmente a acompañarnos. Nos brindaron un afectuoso saludo, seguido de algunas atenciones protocolares y una pormenorizada explicación de la historia y los objetivos del centro.

Todo me parecía demasiado enigmático; por un instante pensé que estábamos cambiando la planificación de ellos, que se había dado una confusión. Empecé a sospechar que algo se había trastocado en la comunicación inicial. Pedí explicarles, al menos en trazos generales, nuestro interés allí, y una profesora, que reconoció mi dispersión, me quitó la palabra: «No se desesperen, amigos, ahora viene lo de ustedes».

«Vamos, vamos caminando», exhortó alguien, y comenzamos a movernos lentamente hacia el teatro de la escuela. «Sí, porque la actividad va a ser en el teatro», acentuó otra de las personas acompañantes. Yo no entendía nada, hasta que alcanzamos la puerta del amplio local. Al poner un pie dentro, fue cuando fue: cien alumnos, no diez como habíamos dicho, todos uniformados impecablemente, con un ejemplar del periódico en la mano, irrumpieron con un ensordecedor aplauso en saludo a aquellas dos «figuras», según ellos, a quienes les habían preparado la mesa de un panel para que hablaran de sus experiencias, una como especialista en Sexología y el otro como editor de la sección Sexo Sentido.

Cuando yo escuché semejante equívoco en la presentación de aquel dúo ocasional que solo había ido a reunirse con un colectivo pequeño de estudiantes, hubiera deseado que la tierra se abriera y me tragara.

A los cinco minutos de estar allí ya no sabíamos qué decir, y por más que tratamos de sopesar el dislate reorientándonos hacia nuestro objetivo, los muchachos, los pocos que hablaron, no comentaban ni daban sus valoraciones sobre JR, sino que preguntaban y volvían a preguntar en torno al tema que estaban esperando: querían saber de enfermedades de transmisión sexual, embarazo en la adolescencia, eyaculación precoz, anorgasmia…

La compañera de trabajo del periódico, socióloga de profesión, y yo, bordeábamos el sugerente tópico como el cuento de la pulga, hasta que, por fin, aquel intento de intercambio tuvo que darse por terminado. Recogimos los criterios que pudimos y, aunque pasamos un rato bastante tenso, nos alegró sobremanera el alto afecto procurado al periódico.

Cuando nos íbamos, tras la efusiva despedida y la retribución por tanta gratitud, a metros del carro que nos llevaría de vuelta, una mujer, algo retrasada, se nos acercó para saludarnos. «Oiga, ha sido un gusto tremendo tenerlos por acá. Todo quedó muy bien, periodista. Los muchachos tenían muchas expectativas para el encuentro con la sexóloga. Yo fui la secretaria que atendió la llamada de la persona que anunció la semana pasada que ustedes vendrían».

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