Sazones que le sobran al ajiaco - Opinión

Sazones que le sobran al ajiaco

Autor:

Fernando Martínez Martí

Como un sabroso ajiaco definió Fernando Ortiz la conformación de la nacionalidad cubana. Y este proceso inconcluso se enfrenta, día tras día, con peligrosos aliños, que intentan sumarse a un plato aún asequible a nuestro bolsillo y suculento al paladar.

Con el avance de las nuevas tecnologías y su impacto en la sociedad cubana, resulta imprescindible que evolucione, al menos con celeridad semejante, la formación en el ciudadano de una capacidad para discernir la mediocridad sobre el talento. La divulgación informal de un volumen gigantesco de contenidos promueve la banalidad y lo que está «de moda», no solo en detrimento de la producción nacional, sino que lo entroniza como paradigma. Y llegado este punto sería ingenuo buscar un culpable presto a sentenciar, dado que nadie escapa a tener un rol más activo en el combate contra lo trivial y prohibirlo no haría más que multiplicar el interés por lo prohibido.

Asimilar acríticamente una propuesta, o responder en los mismos códigos del mensaje que nos llega, no es una opción si queremos degustar un plato nuestro. Para entender mejor lo que circula en esas redes que aún necesitamos aquilatar en todas sus dimensiones, hay que ser creativos y aceptar el reto de lo que nos llega, pero imponiendo nuestra forma de hacer cultura, fraguada durante muchos años hasta devenir en sello que nos distingue.

No hay que temerle al reguetón si se analiza de dónde vino, hacia dónde va, y el impacto de su melodía en los códigos juveniles de hoy. Lejos de combatirlo, deben seguirse incorporando sonidos cubanos compatibles a su base melódica y, de paso, imponer la valía y riqueza de nuestro idioma sin estar denigrando a nadie. Se ha demostrado que es posible, y que los géneros pueden coexistir armónicamente si la difusión en nuestros medios no estuviera viciada por lo «moderno» y otras influencias.

No habría que temerle a las novelas y audiovisuales de baja calidad que circulan por nuestro país, si pudiéramos colocar en pantalla lo mejor del audiovisual mundial venga de donde venga, dado que no tenemos ni tendremos a corto plazo la capacidad de facturar más producciones nacionales. Por otra parte debería aprovecharse más el espacio para una crítica especializada que respete a los creadores nacionales y foráneos, comparándolos con lo mejor que se hace en el mundo dentro de esta rama en la actualidad.

En el cine tuvimos a Mario Rodríguez Alemán como referente, buscando público para películas y no películas para un público: esta es la clave para formar la capacidad de discernir.

No hay que temerle al fútbol si apostamos por el verdadero conocimiento de las ligas foráneas y trascendemos la visión mercantil de dos o tres figuras, que no son todo el fútbol mundial. Se trata de un deporte que forma parte consustancial del ajiaco desde hace mucho tiempo en Cuba, por nuestros antepasados españoles, que para nada hay que poner a competir con el béisbol. Nuestra cultura deportiva puede ser de las más elevadas en el mundo, por la diversa gama de disciplinas en las que hemos obtenido resultados de nivel mundial; por eso tenemos que ver a los mejores del deporte en el planeta dentro de todas esas modalidades que nos emocionan.

Si se divulga la historia de cualquier acontecimiento, basado en diversas fuentes y apostando a robustecer el conocimiento, podemos ganar la batalla cultural en la que estamos inmersos, sobre la base de comunicarnos mejor y de llegar mejor a todos los públicos, no solo a los jóvenes.

¿Que caigan nuevas viandas y aderezos en nuestro ajiaco? Por supuesto. Pero sazonemos añadiendo conocimiento y no mediocridad; condimentemos con arte y cultura que nos aporten sustancia, no con modas y mercantilizaciones aparentemente prósperas, que ni son sostenibles, ni son nuestras. Y que impere lo bello sobre la chapucería, para honrar la concepción de Alfredo Guevara cuando nos llamaba a cimentar el Socialismo desde la belleza.

Ante las amenazas de variar el ajiaco con el primer condimento a la mano, quizá Nicolás Guillén diría: cierra la caldera. Y José Martí, desde su visión de universalidad, expresaría claramente su alerta: «Injértese en nuestras Repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas».

*Profesor de la Universidad de La Habana

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