Los personajes de Lucía

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Los abuelos somos trasnochados padres de regreso. Como queda menos tiempo de vida, nos aferramos a esas criaturas que crecen inversamente a nuestro conteo regresivo: los nietos, los mocosos que disfrutan la complicidad y enceguecen con el cariño, disparando la ternura ya macerada por los años.

El abuelo que soy hace poco más de tres años y nueve meses, tercia en una vieja y manoseada discusión: no es que queramos más a los nietos que a los hijos, sino que amamos a estos últimos duendes de otra manera: con la retrospectiva y sabiduría de lo mucho vivido y la incierta expectativa por lo que falta por delante.

De padres, la juventud presurosa y su puja por un espacio en esta vida, más el propio cuidado y moldeo cotidiano de los hijos, nos impiden verlos crecer y disfrutarlos en toda su dimensión, como lo hacemos de abuelos con los nietos: tras bambalinas o desde las gradas. Sin suplantar a los progenitores, pero intrusos de vez en cuando para hacernos sentir.

Cada vez que mi nieta Lucía se queda a dormir en casa por encargo de sus ocupados padres, el apartamento es hechizado por la imaginación. Como si la varita mágica de un hada madrina confabulara a «abuelito Pepe», «abuelita Mercy» y a la pequeña. Cuentos leídos e improvisados ante esa carita perpleja y concentrada en la trama; escenificaciones de esos mismos relatos mediante disfraces y trasmutaciones. Cantos. Y los juegos, los eternos juegos en los cuales abuelos y nieta convierten cualquier rincón de la casa en castillos encantados, bosques misteriosos…

En ese vendaval, es Lucía la «directora» de la puesta en escena, cuando, en un momento de extrañamiento, se sale del personaje y conmina:

«Ahora tú me preguntabas… ahora tú me querías quitar la cesta que le llevaba Caperucita a su abuela. Ahora ya no eres abuelito Pepe, eres un lobo. Ahora, abuelita Mercy, tú eras la reina mala que se convierte en bruja, y yo Blancanieves».

Lucía se toma muy en serio los personajes. Cree de veras que es una bruja maligna, y frunce el ceño; o cuando presumida asume a Blancanieves, se desploma luego de probar la guayaba criolla, sustituta de la manzana envenenada, hasta que llega el príncipe este, destartalado, y la besa en la frente. Es cuando abre los ojos teatralmente, y todos los juguetes, muñecas, animales de goma y peluches, sustituyen a los siete enanitos en su alegría y fervor.

La avalancha de cuentos leídos e improvisados por sus abuelos, Lucía la mezcla con los animados que ve atónita mediante el DVD. En ese torbellino de representaciones ya mi nieta juega a la eterna lidia entre el bien y el mal, ese esencial dilema en que se debate el género humano. Y cuando se aferra a los «buenos» siento que va descubriendo sus primeras lecciones de vida, aunque después me desconcierte, proclamando que «hay brujas y lobos que no son malos, y hay princesas lindas, pero que son unas brujas».

Ya Lucía descubrirá con los años que la vida es mucho más compleja y tentadora que sus ejércitos definidos y contrapuestos de personajes en el bosque de la infancia. Ya tendrá tiempo de palpar las asperezas y fealdades del género humano, junto a sus virtudes. Mientras tanto, la pequeña tiranuela de mis ternuras me da una lección de optimismo cuando me dice al oído: «abuelito Pepe, te voy a decir algo muy importante: Te quiero mucho…».

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