«Anónimo» - Opinión

«Anónimo»

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Es difícil determinar el momento en que esa especie de «mensajes con capucha» dejó de ser un hecho aislado y comenzó a presentarse de un modo más recurrente.

Mi impresión es que ese tránsito se produjo durante los años del período especial, cuando algunos males que ya se estaban «cocinando» a consecuencia de los duros golpes económicos y morales del momento, empezaron a derivar en la pérdida de valores esenciales.

Cierta actuación burocrática en el funcionamiento de algunas instituciones empezó a hacer su agosto. Se acrecentó entonces el «mal de los oídos sordos», y determinados funcionarios, en una Revolución raigalmente democrática, comenzaron a actuar en la creencia de que eran dueños absolutos de un poder que en realidad solo le pertenece al pueblo.

Algunos de ellos, incluso, estimularon cierta especie de juego al gato y el ratón, y hasta salían de casa para ver con tranquilidad la fiesta; es decir, convidaban a sus subordinados a expresar lo que sentían, a criticar lo mal hecho, mientras entre bambalinas se mostraban implacables con los «protestones» y los «incómodos».

Así se fue creando en algunos una tendencia a evadir la discusión sincera y abierta, y una psicología social —en determinados sectores— de desmovilización en unos casos, y de falta de valor para encarar de frente las dificultades en otros.

En ese terreno fértil fue ganando espacio esa criatura extraña llamada «anónimo», con el «don» de desvirtuar el sentido martiano de la libertad: «el deber de todo hombre a decir lo que piensa, y a pensar y hablar sin hipocresía».

Solo condenar moralmente a quienes lo usan para denunciar los males que padecen o de los que son testigos, por más que sea esta una práctica reprobable, sería demasiado fácil. Tal vez lo más aconsejable, y lo verdaderamente sensato, es encontrar y solucionar los desajustes que la provocan.

No debe perderse de vista que hubo quienes vieron —y ven— en el anónimo una de las vías para frenar desmanes, atropellos, corrupción... A decir verdad, no pocas veces las denuncias de estos «extraños» Robin Hood fueron objeto de tratamientos más profundos e investigaciones más exhaustivas que aquellas planteadas de manera directa por un ciudadano, sin ocultarse y valientemente, expresadas en el lugar y el momento adecuados. Y eso no es lo que la Revolución ha promovido desde sus años fundacionales.

Lo triste es que algo reprochable se convirtió, en no escasas ocasiones, en una opción «válida».  Muchos de estos «justicieros» acertaron al lanzar sus peculiares flechazos.

Pero también no pocas veces estos «raros» mensajes se utilizaron y se utilizan con intereses mezquinos, incluso hasta para realizar ajustes de cuentas. Y aunque puede alegarse que para defenderse de ellos basta una conducta limpia, sin manchas, el detalle nos ayuda a entender los sinsentidos, los absurdos y los peligros a los que nos puede conducir el dejar que engorden socialmente semejantes fenómenos.

Nadie podría oponerse a que se denuncie lo que está mal. Por el contrario, hay que tener la valentía de decir las cosas como son, llamarlas por su nombre. A ello ha instado Raúl en sus intervenciones públicas. Por supuesto, también es imprescindible que la institucionalidad fortifique sus cauces normales, rescatando la confianza en ella allí donde se hubiera perdido. Porque de seguir aceptando los anónimos como una vía, podemos estar alimentando la cobardía y hasta el oportunismo.

Así que en la medida en que comenzamos a remontar la curva económica en el 2015, como ha sido anunciado, y también nos desperezamos para encarar los no menores dilemas subjetivos del país, una de las formas más honrosas de alcanzarlo es poniendo la verdad y la transparencia en su justo lugar, y decirnos lo que pensamos mirándonos a los ojos.

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