Los misteriosos hilos que nos unen - Opinión

Los misteriosos hilos que nos unen

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Hay quienes padecen la anomalía congénita del «mal de cálculo». Así le ocurrió a quienes aspiraban a desatar los demonios en vez del amor y la caridad que inspiraban la visita de dos líderes del catolicismo a Cuba: los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Olvidaron que en la isla revolucionaria que visitaron ambos papas había cada vez señales más fehacientes de que pueden convivir el amor a Dios y a la justicia social, sentimientos que a veces parecieron irreconciliables.

No ha sido una prueba sencilla. No lo fue, ni lo será en medio de ningún cambio social profundo, pero una Revolución Cubana en mayor madurez, y en circunstancias históricas que ya no son aquellas de los cismas fundacionales, aprendió a superar gradualmente el dogma de que «las religiones son el opio de los pueblos», uno de los más graves estigmas que separaron históricamente a marxistas y creyentes.

Expresiones de esa voluntad rectificadora, por mencionar algunas sobresalientes, fueron las ideas esbozadas por Fidel en su entrevista con el fraile dominico brasileño Frei Betto, publicadas en el libro Fidel y la religión; la aprobación del ingreso de los creyentes al Partido Comunista de Cuba en el IV Congreso de la organización, y el encuentro del Comandante en Jefe con líderes religiosos en 1990, un evento que marcó especialmente la relación entre el Estado y la religión en nuestra patria.

Más recientemente fueron muy elocuentes las duras críticas realizadas por Raúl ante las discriminaciones sufridas por una mujer, cuadro del Gobierno con trayectoria ejemplar, quien fue apartada de sus funciones, en febrero de 2011, por su fe cristiana, en violación del artículo 43 de la Constitución de 1976 que prohíbe todo tipo de discriminación.

En esa intervención, el Primer Secretario del Partido y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros denunció la intolerancia enraizada en la mentalidad de no pocos dirigentes en todos los niveles.

Raúl subrayó: «Yo no fui al Moncada para eso (…). De la misma forma, recordábamos que el 30 de julio, día de la reunión mencionada, se cumplían 54 años del asesinato de Frank País y de su fiel acompañante Raúl Pujol. Yo conocí a Frank en México, lo volví a ver en la Sierra, no recuerdo haber conocido un alma tan pura como esa, tan valiente, tan revolucionaria, tan noble y modesta, y dirigiéndome a uno de los responsables de esa injusticia que cometieron, le dije: Frank creía en Dios y practicaba su religión, que yo sepa nunca dejó de hacerlo ¿Qué hubieran hecho ustedes con Frank País?»

Tampoco la iglesia católica cubana actual —institución con la que ocurrieron las mayores incomprensiones—, es aquella en la que se hacían inconciliables la fe cristiana con el sistema político refrendado constitucionalmente por la mayoría de los cubanos.

Las manifestaciones de ese interés conciliador no son tampoco nuevas en el catolicismo en nuestro país. En los documentos del Primer Encuentro Eclesial Cubano, un acontecimiento singular en la historia de esta iglesia en Cuba, celebrado en 1986, y que siguió a otros muy renovadores en el continente, se reconocía que: «a raíz de los momentos de enfrentamiento entre Iglesia y Estado de los años 1961 y 1962, algunos cristianos adoptaron, para conservar su identidad, un estilo cerrado y defensivo a modo de “exilio interior”. Este modo de vida, muchas veces sin compromiso con la sociedad, creó la opinión de que la Iglesia era desafecta a la Revolución».

En ese momento se hacía un acento en superar las diferencias y avanzar en el camino del respeto y el entendimiento. En los documentos de aquel Encuentro Eclesial se recogió que «la Iglesia en Cuba, en la persona de sus obispos, sacerdotes, consagrados y laicos más comprometidos, ha tratado de encontrar los caminos que lleven a una situación de diálogo entre católicos y marxistas».

«Para esto la Iglesia, en su predicación y orientaciones pastorales, ha insistido en el papel del cristiano en la sociedad, exhortando a los creyentes a dar lo mejor de sí mismos en bien de la colectividad, queriendo así servir mejor a la sociedad y propiciar un diálogo constructivo». En definitiva, ya en ese instante se abría de ambas partes una actitud ecuménica, fehacientemente demostrada en los resultados de la visita de ambos pontífices al país y en la mediación ejercida por la jerarquía de esa iglesia en sensibles asuntos políticos recientes, por decisión soberana de nuestro Gobierno.

Lo cierto es que los cubanos, con independencia de nuestras raíces y creencias, estamos interesados cada vez más en conocer los nexos principales de la milenaria historia universal, y en promover una cultura sin esquemas ni doctrinas ideologizantes, como ha reconocido el luchador de la Generación del Centenario del Natalicio del Apóstol en Cuba, Armando Hart.

Para el actual director de la Oficina del Programa Martiano del Consejo de Estado, esa es la cultura que necesita el mundo para librarnos de la estrechez de conceptos generados por una civilización cargada de materialismo vulgar, y tan necesitada del acento utópico de los pueblos de raíz latina.

En su cálida y respetuosa despedida al papa Benedicto XVI, Raúl resaltó que Cuba ha tenido como su principal objetivo la dignidad plena del ser humano, algo que, dijo, somos conscientes no se construye solo sobre bases materiales, sino también sobre valores espirituales.

Para mayor bendición, en los fundamentos de los católicos cubanos, como en los de otras denominaciones, y en los de la Revolución que triunfó en enero de 1959, hay una opción preferencial por los pobres. Esta última proclamó el 16 de abril de 1961 que la nuestra era una revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes. Por martiana, la Revolución Cubana decidió echar su suerte con los pobres de la tierra.

En el mencionado encuentro eclesial se postuló que la Iglesia Católica cubana compartía la opción preferencial por los pobres proclamada en Puebla: «La Iglesia quiere ayudarlos a tomar conciencia de su propia dignidad y a conseguir su desarrollo integral».

Nuestra Constitución Socialista establece la igualdad de todas las manifestaciones religiosas ante la ley y el derecho de los ciudadanos a profesar el culto de su preferencia. En Cuba conviven cristianos —católicos, protestantes, ortodoxos de rito ruso y griego—, el judaísmo, islamismo, budismo, espiritismo, religiones cubanas de origen africano (yorubas, abacuás, bantú), Fe Baha’is, y los yogas. La totalidad de esas instituciones y organizaciones realizan sus actividades sociales con independencia y autonomía. De la misma forma realizan el nombramiento de sus líderes.

Mientras concluía la visita a Cuba Su Santidad Benedicto XVI, recordaba a Cintio Vitier, el destacado intelectual que sufrió entre nosotros su propio «calvario» de incomprensiones como consecuencia de los prejuicios religiosos.

Al enterrar a Cintio, raigalmente martiano, no pocos cubanos sentimos que en nuestra tierra no penetraba un cadáver, más bien reverdecía una raíz, una estremecedora conexión, un hilo misterioso entre los hombres y las épocas que le dieron a esta isla su entraña sentimental, y la elevaron a su condición espiritual: de gallarda, noble y soñadora, levantada a la emancipación y al decoro. Con su cuerpo sembramos una columna, de las tantas sobre las que deberá seguir irguiéndose el altar moral de Cuba de entre cualquier desgarradura.

Al intelectual y hombre completo que se fue al definitivo reposo nada alcanzó para envenenarlo, sino para ennoblecerlo y agigantarlo. Supo darle perdón a lo que lo merecía. Asumió que el bien de la patria está siempre por delante de todo, incluso la fortuna material y la vida. Su gesto, como el de otros tantos, honra la frase del escritor francés Conde de Rivarol: «Cada dogma tiene su día, los ideales son eternos».

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.