Celina, lo bueno ilumina

Autor:

Yelanys Hernández Fusté

Devota de esa espiritualidad que gravita sobre el cubano, Celina González le cantó a la Isla intensa donde nació y vivió, y a esos seres «extraterrenales» en los que confiaba.

Un pasado gramatical y de tiempo rondará estas líneas grises. Es que Celina ya no estará más. Ha partido, desde este miércoles, a una escena musical donde todos son inmortales, y desde allá escuchará nuestras evocaciones.

«Fue el desgaste físico el que detuvo su corazón ya cansado», reveló una nota del Instituto Cubano de la Música, sobre la causa de su muerte. Sin embargo, los latidos de la artista —nacida el 16 de marzo de 1928 en el caserío La Luisa, entre las localidades de Pedro Betancourt y Jovellanos (Matanzas)— se escucharán cada vez que suenen Yo soy el punto cubano y Que viva Changó, dos paisajes melódicos que dibujan a esa Cuba infinita que amó de manera entrañable.

Celina traspasó las barreras en las que los estudiosos enmarcan a los creadores. No hubo medidas para contornear su quehacer artístico, ya que también fue dueña de una voz potente y vigorosa, imposible de superar. Algo similar sucedió con su música, la cual estuvo impregnada de esa cultura de los campos cubanos y también de las influencias de su estancia, desde los cuatro años, en Santiago de Cuba, tierra rica en melodías y cuna de grandes compositores.

Fue en ese territorio donde Ñico Saquito «descubrió» el dúo que Celina y su esposo Reutilio Domínguez habían creado desde la década de 1940. Los artistas recibieron, como fruto de esa amistad con Saquito, las influencias del estilo picaresco del autor de María Cristina, quien quedó tan impresionado cuando los escuchó, que los trajo a La Habana.

La capital, cosmopolita en materia de cultura, devino escenario perfecto para ellos, que ganaron fama por su manera particular de hacer arte, y su popularidad sobrepasó las fronteras de la Mayor de las Antillas, llegando el dúo a actuar en República Dominicana y en Nueva York. El binomio González-Domínguez igualmente dejó una huella en el séptimo arte, en filmes como Rincón criollo y Bella, la Salvaje.

Celina emprendió en 1964 su carrera en solitario y en la década de los 80 se le vio acompañada de su hijo Lázaro Reutilio. Precisamente con él editó el fonograma 50 años como una reina (1999), que le valió una nominación al Grammy Latino.

La majestuosidad y esplendor de la Diva de la campiña siempre será recordada por las imágenes de programas televisivos como Palmas y cañas. Muchos la recordarán allí con una flor en su cabellera negra, vestida con los colores representativos de este verde caimán y entonando, como nadie, aquellas mágicas estrofas: Yo soy el punto cubano/ que en la manigua vivía/ cuando el mambí se batía/ con el machete en la mano./ Tengo un poder soberano/ que me lo dio la sabana/ de cantarle a la mañana/ brindándole mi saludo/ a la palma, al escudo/ y a mi bandera cubana.

A otros les será imposible olvidar esa espiritualidad que llenó su existencia y que la llevó a interpretarles a las deidades que tanto adoró: Con alegría y ternura/ quiero llevar mi tonada/ allá en tu mansión sagrada/ donde lo bueno ilumina/ junto a tu copa divina/ y a tu santísima espada/ con orgullo y poderío/ haré que tu nombre suba/ Y en el nombre de mi Cuba/ Este saludo te envío.

La cantante nada tuvo que lamentar. Actuó junto a grandes como Benny Moré, Barbarito Diez, Nat King Cole y Pedro Vargas. Fue laureada con el Premio Nacional de Música en 2002 y con el de la Fundación Fernando Ortiz. La aclamaron en Colombia, Ecuador, Argentina, México, Islas Canarias (España), Estados Unidos, Reino Unido y en el continente africano. Es que Celina González fue única, mágica, una genuina criolla. La campiña fue su templo y Cuba su escenario, su reino.

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