Por favor, ¡la belleza!

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

En alguna placa de negativo fotográfico que debe estar situada en el lugar donde la memoria acumula las imágenes que nos marcan para siempre, supongo que se encuentran aquellos flashazos que me impresionaron cuando visité La Habana por primera vez, siendo un niño.

Por entonces no existía la «fiebre» actual de construir bulevares por todas partes, copias que se van destiñendo del original a medida que se multiplican. Por aquellos tiempos solo existían, hasta donde conozco, los de Obispo y San Rafael, aunque fuera este último el que me asombrara más que el alto Habana Libre, lo cual para un guajiro era mucho decir.

Arranca en el Paseo del Prado la popular calle que no se detiene hasta morir en los terrenos de la Universidad de La Habana, aunque la parte más famosa, el bulevar, llegaba justo a Galiano. Eran unas pocas cuadras que desorbitaban los ojos, a pesar de que los mayores aseguraban que ya no quedaba mucho del esplendor de sus afamadas tiendas, cafeterías, sus tres cines —Dúplex, Rex Cinema y Cinecito...

Con un simple helado en mis manos de adolescente, se podía recorrer de arriba abajo aquella superpoblada pasarela. Ello bastaba para sentirse un suertudo, por tener la dicha de encontrar tantas cosas llamativas en un espacio relativamente reducido.

Como ayer, hoy el Bulevar de San Rafael sigue estando atestado de gente, al punto de que uno llega a dudar si existe alguien trabajando en esta ciudad; pero todo lo demás se extraña, incluso la alta música de los espectáculos del Cabaret Nacional, siempre haciendo competencia a las funciones del ballet o de la ópera, programadas en el Gran Teatro de La Habana.

Comparado con su pariente de Obispo, que poco a poco se rescató al formar parte de una zona de fundamental importancia para el turismo, el Bulevar de San Rafael parece que agoniza, con sus mercados artesanales e industriales en que todo parece de quinta mano —sobre todo la ropa reciclada—, con sus aceras manchadas de grasa de pizzas, sus vidrieras enrejadas, su pestilente almacén de carritos de Comunales (en eso se convirtieron las afamadas salas cinematográficas)...

Están a la vista, además, manifestaciones de alcoholismo o de negocios por la «izquierda»; gente que se encarama sobre los bancos o grita sin el menor miramiento de esquina a esquina.

Es como si la ausencia de belleza, de orden, de limpieza, generara mayor indisciplina social. Es como si en esas circunstancias en las que abunda la desidia, no «jugaran» esos valores de esencia ética que nos señalan en rojo lo que no es correcto, lo que está mal.

Lo preocupante es que ese estado de cosas se halla con más frecuencia de lo que se espera. Y uno se asusta cuando comprueba que nuestro entorno se afea con carteles que no respetan ni las más mínimas leyes del diseño, poblados de errores ortográficos, anunciando los más diversos servicios; con paredes despintadas, salideros hediondos, antiguos establecimientos en ruinas, aparatos telefónicos mutilados, contenedores de basura desbordados, quioscos de vendutas hechos con lo primero que caiga a la mano...

Tristemente, la chapucería y el mal gusto están a la orden del día por allí. A veces con más fuerza en las entidades estatales (no es de ahora esa manera de construir y reparar a la carrera, para cumplir con fechas, dejándolo todo a medio hacer, descuidando el acabado final), que en las privadas, cuyos dueños dan la impresión, en ocasiones, de que pasaron cursos emergentes de «Puesta en práctica del kitsch», aportando edificaciones superenrejadas, en las que, además, no cabe una horrible columna más con forma de... ¿con forma?

Miro con preocupación cómo se ha olvidado la necesaria educación estética, el mucho bien que nos puede hacer vivir en un ambiente lleno de armonía, de belleza. Observo a mi alrededor e inmediatamente pienso en el notable intelectual Alfredo Guevara y esa idea suya de que no se llegará muy lejos «sin poesía, sin que el ser humano sea dominado desde dentro por el amor a la belleza».

Por eso el fundador del Icaic insistía tanto en la urgencia de hallar «un socialismo que tenga un carácter renacentista, es decir, un socialismo que cumpla su objetivo, la apertura hacia ese inundar el mundo de belleza». Y lo decía teniendo en mente a esa que nos urge, la «que resume como iluminación iluminante».

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