De Matasiete y otras maravillas

Autor:

Alina Perera Robbio

«¿No sabes quién es Matasiete? Pues en breve entrará por esa puerta…». Le dije al adolescente que, arrestadísimo, me había acorralado con un piropo mientras él acometía un servicio a domicilio. Pero mi broma no surtió el efecto esperado, pues el muchacho no reconoció en Matasiete a un personaje memorable, con el cual, por cierto, le estaba advirtiendo que por su actitud de Don Juan se estaba exponiendo al peligro.

Entonces atiné a preguntarle, ya muy en serio, en qué año había nacido; y al decirme que en 1990, comprendí que para él forman parte de un pasado desconocido ciertas maravillas que los niños de mi generación —los nacidos hacia finales de los 60 y principios de los 70 del siglo XX— habían podido degustar.

Aquellas mañanas domingueras de la niñez, con la Comedia silente aderezada por el talento del «Hombre de las mil voces», Armando Calderón, eran jornadas para nunca olvidar: en blanco y negro, pantalla adentro, desfilaban las imágenes del cine a las cuales Calderón ponía sonidos, argumentos y expresiones de su inspiración. Matasiete, por ejemplo, era el villano grandote al que todos temían en el barrio, y al que solo un hombre a ras de la locura como Charles podía atreverse a desafiar.

No hace mucho, por obra y gracia de la retransmisión, pude ver al genio Chaplin uniformado de policía y venciendo por sorpresa al grandulón mientras lo mareaba con el gas de una farola adonde por pura casualidad había ido a parar la cabeza del Mata. Escuchar de nuevo la voz de Calderón, y ver al hombrecito que después era temido en el barrio por su hazaña, fue todo un suceso que levantó la hojarasca de mi nostalgia y despertó en mí carcajadas que habían caído en el olvido.

De la Comedia silente, espacio que disfrutábamos de domingo en domingo a las diez de la mañana junto a nuestros padres o abuelos, nacieron un montón de personajes que después emigraban a la vida real. Así, cualquiera se ganaba el mote de Cara de Globo, o Soplete, o el Conde de la Luz Brillante.

Eran tremendas aquellas imágenes norteamericanas «traducidas» por las ocurrencias de Calderón al ambiente y los códigos de nuestra Isla. Todavía me río sola si recuerdo a Luz Brillante dejando que el Gordo y el Flaco le cortaran su traje por detrás, de arriba abajo, para que este le quedara cómodo. Todavía puedo ver cómo el cliente se iba incauto mientras los pillos le aseguraban que el saco, hecho dos piezas sobre el cuerpo, le había quedado perfecto.

Aquella jornada artesanal, hecha a golpe de pura inteligencia, con imitación de sonidos de automóviles, pisadas, voces femeninas pidiendo socorro a Charles, marcaron para bien a muchos cubanos que no habían entrado en la era del color ni en toda la   avalancha tecnológica que hace unas décadas vino a cambiar la «psiquis» del mundo.

¡Qué fortuna sería que los más jóvenes hubiesen podido saborear esos códigos! ¡Qué prodigio sería rescatar esos programas para compartirlos con nuestros niños de ahora…! Porque lo bueno, lo hecho para ponerle felicidad a la existencia, no tiene épocas: si no que le pregunten a mi pequeña Elena, quien se deleita con unos capítulos, regalados por amigos, del payaso alemán Ferdinando, personaje que también se despedía cada domingo de mi infancia mientras se alejaba, para mi tristeza, en su lindo tren.

Un payaso que daba globos, flores y alegrías a los niños de un país que parecía perfecto, pero que ya sabemos cambió su configuración tras la caída de un muro que develó múltiples ansiedades. Un payaso que tampoco será olvidado, ni en su país de origen, ni en esta Isla que siempre ha sabido agradecer lo bueno y lo restaurador, venga de donde venga.

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