Un voto de conciencia

Autor:

Juan Morales Agüero

El asunto no es nuevo y el General de Ejército Raúl Castro lo ha traído a colación en no pocas oportunidades. «La falsa unanimidad resulta perniciosa y se requiere estimular el debate y la sana discrepancia, de donde salen, generalmente, las mejores soluciones», dijo el 29 de julio 2009, en el curso del VII Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

Se trata de una realidad imposible de esconder bajo la alfombra. En diferentes contextos de la actualidad nacional, algunas reuniones amenazan con devenir meras formalidades a la hora de votar por algo o por alguien. La rutina alcanza su clímax cuando el conductor de la asamblea se dirige a los presentes para que manifiesten a mano alzada su criterio.

«Y ahora, compañeros, vamos a someter a votación el informe. A ver, los que estén a favor que lo expresen levantando la mano…»

Casi al unísono, los brazos se elevan. Algunos llaman al asombro. Evaristo, tan hipercrítico durante los debates, empina el suyo y vota contra sí mismo. Luis también está «de acuerdo», a pesar de que acaba de incorporarse a la reunión y ni siquiera conoce qué se discute. Remigio había murmurado sus dudas acerca de ciertas cifras recogidas en el documento, pero también —y sin ruborizarse— alza la diestra en señal de aprobación...

Luego, como quien intuye por experiencia que no habrá más brazos en alto, la misma voz inquiere: «¿Alguien en contra?» Nadie habla ni se mueve. La voz prosigue con igual tono: «¿Abstenciones?» Similar panorama. Entonces, sin mirar apenas para el auditorio, la voz anuncia, triunfante: «El informe queda aprobado por unanimidad». Una ovación gratifica el resultado. Entre quienes se desollan las palmas de las manos de tanto aplaudir se encuentran. ¡Evaristo, Luis y Remigio!

Me he preguntado más de una vez si quienes asumimos el derecho al voto con el brazo en contrapicada en reuniones, plenarias, chequeos, foros, congresos y asambleas de los más variopintos niveles, tipos, categorías, géneros y perfiles no estaremos inconscientemente conscientes de que esa supuesta unanimidad constituye en ocasiones un ejercicio de doble moral que expresa cuán escasa anda la valentía política entre sus cultores.

Al clausurar el IX Congreso de la UJC, el 4 de abril de 2010, Raúl Castro retomó el tema. «La unanimidad absoluta generalmente es ficticia y por tanto dañina. La contradicción, cuando no es antagónica como en nuestro caso, es motor del desarrollo. Debemos suprimir, con toda intencionalidad, cuanto alimente la simulación y el oportunismo», expresó aquella vez.

Lugares hay donde algunos «votan» sobre un asunto  no como se lo dicta su conciencia o su concepto de la justicia, sino como reaccione la mayoría. O, en su defecto, lo hacen por la primera propuesta que se haga pública. O patrocinan con su beneplácito al candidato de más carisma del colectivo, en menoscabo del más responsable y exigente. Confunden, a sabiendas, un premio al mérito con una pasarela de simpatías. Lamentable, pero ocurre.

Los hay que elevan impúdicamente su diestra para ofrecerle apoyo a una distorsionada noción de la amistad. Eso a contrapelo de que los registros contables de su protegido estén en bancarrota en materia de ejemplaridad con respecto a otros aspirantes al beneficio. Y hasta se topa uno con los que proceden por temor a represalias de sus superiores. ¡Como si a quienes ocupan cargos dirigentes se les hubiera investido de la facultad de presionar a sus subordinados para que voten por tal o más cual asunto en dependencia de sus intereses personales!

La opción «abstención» apenas existe en nuestras votaciones. Incluso, muchas veces ya ni siquiera se pregunta «¿alguien se abstiene?». Se da por hecho que nadie se dará por aludido. En cambio, se trata de una alternativa legítima. Abstenernos cuando carecemos de los elementos necesarios para opinar a favor o en contra sobre un tema es una oda a la decencia.

Estamos en presencia de un hecho que le hace un flaco favor al país en materia ideológica. Quizá ciertos cubanos hayamos perdido de vista que cuando se solicita el voto entran en juego valores como la honestidad y el patriotismo. Honestidad para proclamar lo que se piensa; patriotismo para elegir lo que el momento necesita. Y también coraje, mucho coraje para desafiar miradas torvas, amenazas solapadas y marginaciones mezquinas.

Votar en contra de opiniones propias deviene aberración de lesa dignidad. No se respeta quien no es consecuente con su manera de pensar. «El hombre que oculta lo que piensa o no se atreve a decir lo que piensa no es un hombre honrado», dijo Martí.

Y Raúl lo señaló el 29 de enero de 2012, en la clausura de la Primera Conferencia Nacional del Partido:  «La conformación de una sociedad más democrática contribuirá también a superar actitudes simuladoras y oportunistas, surgidas al amparo de la falsa unanimidad y el formalismo en el tratamiento de diferentes situaciones».

De eso se trata.

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